Azul Klein

Charo Ramos

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Montañés

Uno de los beneficios de las exposiciones, junto al debate científico, es la restauración y puesta al día del patrimonio

Con motivo de la exposición Lo sagrado hecho real, comisariada por Xavier Bray y que redescubrió las excelencias de la escultura religiosa española en la National Gallery de Londres y su homóloga de Washington, antes de recalar en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, se editó un espléndido catálogo en cuya portada figuraba un detalle del San Francisco de Borja de Montañés. Esta escultura policromada por Pacheco que pertenece a la iglesia de la Anunciación, hoy patrimonio de la Universidad de Sevilla, tiene toda la elegancia de la escultura clásica y a la vez un acusado realismo. Representa al santo, que mira con humildad una calavera, meditando sobre la fragilidad de la vida y la vanidad de los poderes terrenales. Fue una de las piezas más celebradas en las sedes de aquella muestra.

La elegancia compositiva de Montañés, su extrema delicadeza, sorprende especialmente si vemos sus imágenes desgajadas de los retablos barrocos y nichos en que suelen estar insertas por lo que la gran exposición que prepara el Bellas Artes será un buen momento para reparar en la modernidad de este artista y en sus valores estéticos más singulares. El jiennense Martínez Montañés, como es bien sabido, se formó en Granada y Sevilla, por lo que en nuestra ciudad, asumidas esas enseñanzas, dio los mayores frutos de su talento y entre 1605 y 1620 su producción es una sucesión de obra maestras entre las cuales el Cristo de la Clemencia de la Catedral se convirtió en un modelo iconográfico para sus discípulos.

Pero quizá una de las obras más populares en la ciudad, junto con su única imagen procesional Nuestro Padre Jesús de la Pasión, sea la Inmaculada Concepción la Cieguecita. De esta iconografía, que presenta a María rezando con humildad y los ojos entornados, realizó varias versiones, entre ellas la del Convento de Santa Clara o la iglesia del Pedroso, pero la de la Catedral de Sevilla, bastante posterior, es la más refinada y será la que se exhiba en el Bellas Artes. La realizó en 1628 para la capilla privada de Francisco Gutiérrez de Molina y su esposa, Jerónima de Zamudio.

Una de las consecuencias más interesantes de las exposiciones, más allá del intercambio de ideas y conocimiento que se produce no sólo entre los comisarios sino entre cuantos aportan préstamos y piezas al proyecto, es la restauración y puesta al día de las obras. La Cieguecita, como ya avanzó en este diario Juan Parejo, será sometida a un tratamiento conservativo dirigido por la conservadora del templo metropolitano, Ana Isabel Gamero. La semana pasada la Comisión de Patrimonio autorizó al fin esa propuesta, que llevará a cabo la restauradora Carmen Álvarez Delgado. Pequeños gestos como estos ayudan a preservar el patrimonio para las generaciones venideras y son un motivo de alegría.

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