¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Iwasaki en la Academia
AL contrario de lo que sucedió hace un par de meses, el pasado sábado se pudo haber despedido con honores uno de los más grandes futbolistas que ha pasado por el Sevilla Fútbol Club. En el mes de marzo, pese a los parabienes y a lo mucho que se esforzó el club por darle un tratamiento que no merecía, se escapó por la gatera un brasileño que se quiso arrogar incluso los triunfos de un club que le puso a él en el mundo y no al revés.
El sábado, sin embargo, sin tanta parafernalia se despidió del Sevilla un pedazo de jugador de fútbol llamado Frederic Kanoute, ese franco-malí que se va como vino, en silencio y con los deberes cumplidos, como un auténtico profesional. Nada que reprocharle desde que ese corpachón apareciera por el Ramón Sánchez-Pizjuán procedente del Tottenham en aquel verano de 2005. Sospechoso al principio por su peculiar sentido del fútbol, Kanoute se ganó poco a poco el respeto de todos. No sólo por su rendimiento y sus números en el terreno de juego, sino también, y sobre todo, por su calidad humana, por su capacidad para demostrar que es un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno.
128 goles después, flota una grave intertidumbre: ¿se va? Si es así, se le echará de menos, en el verde y fuera de él. Eso sí, mientras el caprichoso brasileño, dos meses después de llegar al Sao Paulo, no parece haber encontrado tiempo para operarse salvo un día antes de empezar el Brasileirao, Kanoute se puede despedir del Sevilla dejando al equipo en Europa con sus goles en las dos últimas jornadas y volviendo a toda prisa a Barcelona para enfrentarse al Espanyol tras enterrar a su padre en Lyon. Habría que ponerle una estatua, pero no vendría mal al menos una placa en el estadio para uno de los guionistas del mejor Sevilla de la historia. Muchas gracias por todo, señor Kanoute.
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