¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Iwasaki en la Academia
ENTRE las muchas razones que convierten a Sevilla en la ciudad más americana de España, que van desde el Archivo de Indias hasta el zapote del Monasterio de la Cartuja, hace tiempo que figura la presencia en sus calles de ese laborioso y palabrero paseante que es Fernando Iwasaki. El flamante académico de Buenas Letras es un mestizo en estado puro, un hispanoamericano universal, un mar al que dan diversas sangres y tradiciones que él acrisola con el desparpajo de Rubén. Digamos que Iwasaki es español a lo Quevedo y peruano a lo Olavide, con un pellizco del Japón de Hasekura Tsunenaga. También tiene algo de británico a lo Cabrera Infante y de romano a lo Marcial. Pero, sobre todo, Iwasaki es, hoy por hoy, el escritor sevillano más global, un hombre vinculado al mundo exterior por miles de conexiones que llegan a ser infinitas. En la ancha hispanidad, desde Vizcaya hasta Tierra de Fuego, raro es el letraherido que no haya compartido un café o un pisco con Fernando Iwasaki, desde su querido Mario Vargas Llosa, del que era una suerte de embajador oficioso en España y al que le unía su condición hispanoperuana (o viceversa), hasta cualquier desconocido cuentista ecuatoriano o cordobés que él, faltaría más, trata como si fuese un inminente premio Nobel. Porque si algo caracteriza a Iwasaki, además de su proverbial piquito de oro de Yanacocha y de su fastuosa pluma de guacamayo rojo, es su liberalidad en lo material y lo inmaterial. Iwasaki ha convertido su bonita casa de La Rinconada, La Vereda de los Carmelitas, en uno de los puertos de abrigo más acogedores de la cultura en español.
Fernando Iwasaki ama con irreverencia las palabras. Metamorfosea las hablas y escrituras en una broma sin final, en un retruécano perpetuo de ida y vuelta. Verlo jugar con delectación volteriana con morfemas, campos semánticos y sintaxis es un espectáculo digno de un príncipe tártaro con problemas de insomnio.
Liberal irredento, este ya excelentísimo señor nunca ha rehusado la batalla política –tanto en España como en el Perú– ni al ferri corti del periodismo, pero siempre con ironía, lucidez y humanidad. Por estas cosas y muchas más, y por escribir uno de los mejores libros sobre la ciudad de los últimos tiempos, Sevilla sin mapa, Fernando Iwasaki merece haber sido nombrado académico de Buenas Letras por unanimidad, aunque sus camaradas de Malas Letras se lo reprochen con afectuoso desdén. Nada que no sea perdonable. Previo pago del importe.
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