¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Nadie lloró por Don Angelo

El derribo del Don Angelo fue otra agresión al entorno de la Palmera. Pero todos nos callamos, tal era su estigma

Al igual que el desmoronamiento moral del tardofranquismo tuvo su foto en la voladura de la antigua sede del diario Madrid, los cuarenta años de pax socialista en Andalucía se cerraron con la imagen (oh, divinas casualidades) de la piqueta derribando, en 2018, el que había sido el club de alterne más famoso de la Sevilla autonómica, el legendario Don Angelo (o Don Angelos, como guste), el lugar en el que un propio del PSOE se llegó a gastar 15.000 euros de los parados en un solo día. Pero no va esto de lanzada a moro muerto. Si hoy invocamos a la vieja villa burguesa que acogió tanto desenfreno es porque hemos visto el avanzado estado de construcción en el que se encuentra la macrofarmacia que la sustituirá, otra herida más en el entorno de La Palmera por la que, sin embargo, nadie se ha quejado. Cierto es que el Don Angelo no era el Taj Mahal, pero tenía ese toque belle époque que tan agradable hacía el ensanche sur. En ese gran vórtice de tráfico que es la unión entre La Palmera, Manuel Siurot y Su Eminencia, el Don Angelo daba un punto de serenidad ajardinada, al igual que el vecino y también desaparecido cuartel de intendencia nos recordaba esa arquitectura militar-regionalista que todavía está a la espera de su doctorando y su monografía.

El Don Angelo cayó y nadie dijo nada, tal era su estigma. Al menos no nos quejamos tanto como cuando erigieron los mamotretos de la Botella, La Palmera o el Sector Sur. Las agresiones a este paisaje de Sevilla son muy antiguas, empezando por cuando desfiguraron el Stadium de la Exposición Iberoamericana del 29 para construir el campo del Betis. Sin embargo, no ha sido hasta muy recientemente cuando hemos empezado a denunciarlas. Reconozco que una pancarta que rezase "SOS Don Angelo" hubiese sido un tanto extravagante y llamaría a equívoco, pero lo cierto es que la caída de este chalet fue una muesca más en un entorno cada vez más desfigurado.

Uno de los viajes que tengo pensado realizar, si la salud y el bolsillo me lo permiten, es un periplo por la antigua Sevilla del pecado, por esas villas periféricas en las que los hombres con sombrero ocultaban a sus queridas o montaban discretos lupanares donde rematar las farras de colmaos y ventas. Están, por supuesto, los hotelitos de Heliópolis o las casas del lejano oriente: Nervión. Una de ellas, la desaparecida Villa Rocío, fue el burdel predilecto de Alfonso XIII antes de que el futbolista y legionario Guillermo Eizaguirre, alojase allí a su amante, conocida como La Muñeco, tal como me descubrió Manuel Machuca. En dicho viaje tampoco podré incluir al Don Angelo, epígono del burdel burgués y símbolo del desmadre autonómico bajo el puño y la rosa.

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