Trinidad Perdiguero

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Niños y confinamiento

Muchos están disfrutando de un tiempo compartido con sus padres del que carecían

Es probable que la mayoría de la ciudadanía no fuera consciente de la seriedad de la pandemia hasta que cerraron los colegios y saltaron por los aires las rutinas de los niños, que son las rutinas de los hogares y, en buena parte, de las ciudades mismas. Marcan los atascos de cada día, la hora del alborozo y el silencio en las plazas de los barrios, el olor a guiso, las meriendas, las urgencias con los deberes para llegar al inglés o al partido, las llamadas de auxilio a los abuelos, a la canguro, a los vecinos. Con suerte, hay una hora valle con unos minutos para jugar (o pensarlo) antes de la ducha y de la cena, temprano, mientras discurren los días hacia el fin de semana.

Una de las preocupaciones de las familias a las que la enfermedad no ha golpeado y tienen sus necesidades cubiertas era cómo los niños iban a asumir el tener que romper ese ritmo y confinarse en el hogar. En los medios de comunicación se publicaron consejos a los padres sobre cómo explicar lo que está ocurriendo para evitar los miedos y que los pequeños comprendieran que hay que quedarse en casa.

Pero, como tantas veces, la incertidumbre ha sido más una proyección de los adultos que un problema real para ellos. No hablo de estudios, sino de la percepción de muchas familias que, con hijos de diferentes edades y en casas distintas (con y sin patio, en pisos donde se quitó la terraza porque son chicos...), se han sorprendido por la naturalidad y hasta la felicidad con la que su prole asume el encierro.

No debería extrañar. Si hay un déficit que arrastren los niños en el mundo occidental es de tiempo -sin apellidos, ni siquiera ese tan socorrido de "calidad"-, para compartir con ambos padres o para emplear en esos cajones o habitaciones llenas de chismes con los que les ha equipado la sociedad de consumo. Se nos olvida, pero los niños son la otra orilla del problema de la conciliación y sufren las ausencias, los horarios estrictos, las largas jornadas fuera de casa y la ansiedad por llegar y salir airosos y sonrientes para la foto de whatsapp.

Es normal que, ahora, no protesten con el cole en casa si papá o mamá duda con ellos al resolver un problema; que disfruten construyendo una larga aventura en un salón en el que pueden esparcir durante horas los playmobil, muñecos del chino y trastos viejos; que no pidan calle si hay juego de mesa; que nos puedan observar mientras teletrabajamos, imitar los golpes en el teclado, o que puedan recibir como héroes a los padres que se la juegan fuera, en un hospital o atendiendo en un supermercado.

Cuando veo por redes sociales esas fiestas de cumpleaños -la vela reciclada, vecinos cantando en las ventanas, el coche de la policía haciendo girar las luces- tengo claro que en la memoria de esos chicos se confundirán otras celebraciones más ostentosas, con más amigos y regalos, pero brillará la del año del confinamiento, en casa.

Uno de los aprendizajes que dejará la crisis y que debería cambiar la forma de ver las cosas de varias generaciones es el tipo de atención que, realmente, hace felices a nuestros hijos. Experiencia práctica.

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