La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Ojos Santos Varones, mirada blanco sudario

En el cartel veo la Sevilla de los 30 de Vicente Rodríguez-Caso y la de hoy de Daniel Bilbao

Original sin estridencias. Sobrio. Elegante. Suyo, por lo tanto. Tal vez el mejor cartel de Semana Santa desde el de Carmen Laffón de 1983 y el de Juan Miguel Sánchez de 1931. Daniel Bilbao ha vuelto a hacer una valiosa aportación pictórica a la Semana Santa. Con un curioso -no sé si buscado- aire de portada de revista cofrade de los años 30, esas que tenían una sobrecubierta de papel de seda, que coincide con la fecha -1934- en que Vicente Rodríguez-Caso esculpió esta imagen que a su vez, como el propio cartel, pertenece del todo al momento en que fue esculpida, y por ello es verdaderamente moderna en fidelidad a la estética de su tiempo, sin que ello le impida integrarse en un misterio -el más completo y mejor de Sevilla- del siglo XVII.

Nada más años 30 que el rostro de la Virgen de la Quinta Angustia. Nada más genuinamente barroco que el misterio del que con tanta naturalidad forma parte. De la misma forma, el cartel de Daniel Bilbao es moderno sin complejos y original en la más literal acepción de la palabra -"dicho de una obra artística: que resulta de la inventiva de su autor"-, a la vez que tiene ese eco de las antiguas revistas cofrades y, si se quiere, de los carteles que Ricordi encargó a Adolph Hohenstein y Leopoldo Metlicovitz para las óperas de Puccini. Porque, sin perder la unción sagrada, suempre lo más importante, algo de foto antigua de diva operística o de gran dama del teatro, tan auténticamente años 30 es, tiene el rostro de esta Virgen, el único de Sevilla capaz de crear un juego de luces y sombras que resalta el efecto de su severo dramatismo, realzado por la sabiduría con que la visten.

En el cartel de Daniel Bilbao veo a la Virgen de los años 30 que esculpió Rodríguez-Caso, casualmente discípulo de Joaquín Bilbao, tío abuelo de Daniel, y con ella a la venturosa Sevilla del 27 y el 29, la de Mediodía y Grecia, Ojeda y Olmo, Laffón y Sierra, González y Talavera, Bacarisas y Martínez de León, Romero Murube y Chaves Nogales, El Liberal de Laguillo y Agustín López Macías Galerín, Turina y Falla. Veo a la Virgen de los ojos santos varones y la mirada blanco sudario que parece querer sostener el cuerpo suspendido de su Hijo en el que todo el misterio converge. Veo el barroco que convertía en carne la madera y en movimiento lo estático. Veo, sobre todo, el talento y la fidelidad a sí mismo de un gran pintor.

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