el poliedro

José / Ignacio Rufino

Paso a la segunda transición

Los rostros demudados de nuestros primeros espadas parlamentarios convivieron con los ecos de Italia

23 de febrero 2013 - 01:00

CONFESARÉ que no he hecho mis deberes de ciudadano ni los inherentes a escribir aquí, y no sólo no he visto en la tele un solo minuto del Debate sobre el estado de la Nación, sino que cuando, cenando ante la tele, han aparecido en la pantalla imágenes de las sesiones, he cambiado de canal. Quizá está uno pre-primaveral, por lo que es preciso racionarse las dosis de pesadumbre y angustia: a estas alturas de curso uno se conoce bastante. He seguido, eso sí, los titulares y algunas excelentes piezas que sobre el Debate se han hecho en esta casa... y sobre todo, he visto las fotos. Sean quienes hayan resultado ser los ganadores según las encuestas y opiniones, todos mostraban una cara de tensión vencida y enfermiza. La desviación visual de Rajoy se ha acentuado hasta convertir su mirar en catatónico; su barba no es ya canosa, sino cenicienta, seca; su color -aun en blanco y negro- es de ese desvaído tono cetrino con que los pálidos palidecen. Demasiado para cualquier persona, demasiado para Rajoy. En el otro lado, el oportunismo cainita de los socialistas catalanes al hablar de la abdicación del Rey en ese momento ha sido una gran puñalada trapera, y ha transmutado el gesto de Rubalcaba y los suyos, que, si tenían alguna ventaja, el compañero Pere Navarro se ha ocupado de tirarla al retrete. Un país andamiado, unos muros de la patria nuestra que da grima mirar. Pero sobre todo por una razón de fondo: el debate no ha interesado porque lo que interesa a la gente no está en el debate. Por eso no es irresponsable ni desquiciado pensar que los ocupantes de este Parlamento están en buena parte amortizados. Y que mirar a lo que ha ocurrido simultáneamente en Italia nos dé algunas claves para atisbar nuestro futuro político a no muy largo plazo.

Los italianos votan mañana y pasado. Se la juegan en una baldosa varias coaliciones que a su vez son jaulas de grillos. Un conglomerado de izquierda liderado por el candidato de mayor probable número de votos, Bersani; un conglomerado de centro derecha con el inefable Berlusconi a la cabeza; una coalición de centro -territorio político que resurge en las transiciones y situaciones de cambio crítico- cuya cabeza visible es Mario Monti, el cipayo técnico de Merkel que se revolvió contra ella en la recta final de la campaña; una coalición "civil" de gente más o menos limpia y reformadora, como el juez Di Pietro, y, por último, la estrella mediática del show electoral italiano: el Movimiento 5 Estrellas, liderado por el cómico Beppe Grillo, que puede tener la llave de la gobernabilidad de ese país donde la acracia es institucional, un Grillo -éste, incluso de apellido- cuyas propuestas no sabe uno si son pintorescas o son el necesario antídoto para el descreimiento y el cinismo imperante allí.

Como va imperando crecientemente aquí. En Italia, además, se da una creciente radicalización de la contestación frente a los gobernantes, las grandes corporaciones y la corrupta promiscuidad entre unos y otras. La conspiración, los contubernios y hasta los golpes de Estado por lo fino están allí en boca de todos, y películas casi imposibles de encontrar por la censura de los poderosos (en concreto, Girlfriend in a coma, del ex redactor jefe de The Economist residente en Italia, Bill Emmont, que ataca a Berlusconi con un tremendo arsenal de valentía y datos) hablan a las claras de crímenes y conspiraciones que sólo hace pocos años hubieran hecho a los difusores dar con sus huesos en la cárcel ¿Les suena todo esto? Para asistir a nuestro propio maremágnum y reingeniería electoral, sólo nos queda esperar a las próximas elecciones, que muy probablemente no se desarrollen en la fecha programada. La maltrecha economía de nuestros países, masacrada por la austera ceguera, hace levantarse a las personas. No puede ser de otra manera.

Pero los morituri no se coscan.

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