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josé / rodríguez De La Borbolla

Política, pedagogía, democracia y caudillismo

Reflexión sobre el futuro de España tras los últimos acontecimientos

MI posición, estrictamente personal, sobre la situación política española la manifesté en un artículo -España a tercios. Una primera lectura- publicado en este diario el 27 de diciembre de 2015, una semana después de las primeras elecciones de este ciclo. Dije entonces: "Aporto una propuesta estratégica primera: búsquese la reforma y evítese la ruptura. Creo que corresponde a PP, PSOE y Ciudadanos, como representantes de dos tercios de la población, y por el interés de la sociedad española en su conjunto, llegar a acuerdos para construir el Pacto Social e Institucional básico que necesitan las próximas generaciones. Búsquense acuerdos y transacciones, dejando cosas particulares en el camino, para promover las reformas necesarias en los distintos ámbitos institucionales y para desarrollar políticas dirigidas a satisfacer a la sociedad en su integridad. El gobierno vendría después. Ilustración frente a romanticismo, es el dilema".

Sigo pensando lo mismo, a pesar del tiempo transcurrido y a pesar de los duelos y quebrantos padecidos últimamente, sobre todo en el seno y por causa del PSOE. Lo explico, aunque muchos puedan pensar que es algo utópico.

Es cierto que la política es una lucha por el poder. "La continuación de la guerra por otros medios", decía Clausewitz. Pero también es cierto que la política sólo se justifica por los resultados de la actuación de sus protagonistas. Max Weber, para la política, hacía apelación a la "ética de la responsabilidad". Con esa base, la acción política sólo es válida si se traduce en mejoras para el país y para los habitantes del país. Todas las luchas y conflictos intermedios hasta tomar la responsabilidad pública sirven para demostrar que algunos son más listos que otros, o que han convencido a más gente, o que no convencen a nadie. Pero lo que importa, siempre, son los resultados de la política. Pues bien, en España ya llevamos nueve meses sin propuestas, sin resultados, sin que se piense en la gente, y podemos llevarnos algunos más. Alguno o algunos han estado pensando sólo en el poder, y en su poder.

Por otra parte, la política no consiste únicamente en seguir los sondeos y en valorar los sentimientos de la población. Eso es, sí, lo que tienen que hacer los vendedores de productos de consumo inmediato. Pero la política es algo más complejo, ya que hay que valorar la realidad del entorno en que nos movemos -que no es sólo nacional-; han de proponerse actuaciones que se enmarquen en un proyecto a medio plazo; han de considerarse las posibilidades reales de la economía nacional dentro de un mundo globalizado; y debe tenerse en cuenta la verdadera fuerza relativa de cada partido político en el conjunto de las fuerzas políticas del país. Todo eso, y algunas cosas más. La política no se queda en el mero juego de los deseos, sino que se practica en el ámbito de la realidad. La política no es únicamente "querer conseguir", sino también "poder hacer". Y no es una mera actitud moral -"ética de la convicción"-, o un compendio de condenas o bendiciones, sino que se juega en el terreno de lo posible o imposible. No vale para político el que se queda en el "a mí eso no me gusta". El buen político es el que toma las decisiones menos malas de las posibles -con base en sus convicciones, sí, pero posibles-, y se atreve a explicarlas. La política es y tiene que ser, siempre, pedagogía. Hay poca o nula pedagogía en la política española, y en la del PSOE.

La política democrática no consiste, únicamente, en hacer votar a la ciudadanía o a la masa de adeptos y seguidores cada cierto tiempo. Democracia es hablar muchas veces con mucha gente, sobre todo cuando es democracia representativa y descentralizada, en un Estado como España, o en un partido, como el PSOE. Una organización democrática y descentralizada es un juego de pesos y contrapesos -centrales, territoriales y sociales-, que hay que procurar mantener en equilibrio permanente, proponiendo soluciones razonables, hablando mucho, transaccionando y cediendo. Ni un presidente de Gobierno puede hacer siempre lo que quiera, por mucha mayoría que tenga, ni un dirigente de partido, aunque haya sido elegido por las bases, puede tomar decisiones por su cuenta, sin contar con la realidad de los contrapesos existentes en su propia organización. Si así fuera, se estaría cayendo en el caudillismo. Y el caudillismo -"recurso habitual a las masas"- acaba en el despotismo. Los aprendices de caudillo siempre pueden caer en la tentación de querer conquistar torreones, pero eso no siempre sale bien. Como escribió Muñoz Seca: "¡Pobres locos!/ Para asaltar torreones/ cuatro Quiñones son pocos./ Hacen falta más… Quiñones".

¿Estamos, todavía, a tiempo de enderezar el rumbo del PSOE y de España? Puede que sí y puede que no. Sinceramente, creo que todo depende de la entrega y buen hacer de los interlocutores actuales y de la capacidad de reflexión rápida de las fuerzas políticas. Hemos perdido nueve meses, sí. Pero podríamos avanzar para muchos años.

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