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Portugal, tan cerca

Las elecciones del pasado domingo han vuelto a mostrar esa extraña correspondencia lusoespañola

Fue el gran historiador y profesor –qué delicia era asistir a sus clases– José Luis Comellas quien nos hizo reparar a unos estudiantes sorprendidos el extraordinario paralelismo entre la evolución política de Portugal y España ya desde la Edad Media. En efecto, el espejo ibérico se empeña en reproducir los movimientos políticos a un lado y otro de la raya, por cierto la más antigua de Europa, con misteriosa fidelidad. Y eso a pesar de que ambas naciones, sobre todo desde la terrible y larga guerra de Secesión portuguesa de 1640-1668, han vivido secularmente de espaldas, algo muy atenuado hoy, afortunadamente. El paralelismo se acentúa en los siglos XIX y XX, con la diferencia de que allí no hubo una guerra civil que marcara la vida del país –aunque sí una larga dictadura–, ni movimientos secesionistas. Quizá esos dos hechos son los que dan a la vida portuguesa esa especie de dulce encanto, teñido de algo que se parece más al aburrimiento que a la saudade.

Las elecciones del pasado domingo han vuelto a mostrar esa extraña correspondencia lusoespañola, a menudo hasta en el detalle. Como sucediera aquí hace unos meses, el centroderecha ganador ha sufrido un gatillazo importante en sus expectativas. Sus 79 escaños están lejísimos de los 116 necesarios para gobernar. El enorme desgaste del socialismo portugués, acosado por la corrupción, ha sido capitalizado por Chega (“Basta” en español), émulo de Vox en todo, que ha pasado de 12 a 48 escaños. Una ocasión de oro, pues, para, mediante un acuerdo razonable de gobierno, arrebatar a la izquierda el Gobierno y plantear una política acorde con los valores sociales y culturales de las clases medias que permiten el funcionamiento de la democracia y del Estado. En vez de eso, Montenegro, el Feijóo de allí, ya ha cerrado la puerta a cualquier acuerdo, prefiriendo, al parecer, un gobierno en minoría que pronto abocará a nuevas elecciones. ¿Es Chega un partido anticonstitucional? No. ¿Promueve quizá la violencia? No. ¿Es un peligro para el Estado o la democracia? Radicalmente no. Lo radicalmente antidemocrático es negar el pan y la sal a un partido respaldado por casi el 20% del electorado por su posición ante políticas opinables –inmigración ilegal, vida, familia, Estado de bienestar…– y su posicionamiento frente a la corrupción. El centroderecha, en Portugal como en España, se empeña en no querer atender a los signos de los tiempos.

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