Ojo de pez

pablo / bujalance

Un Renacimiento

LA crisis de los refugiados sirios ha demostrado, entre otras cosas, algo que en el fondo ya sabíamos: la incapacidad de las instituciones europeas a la hora de tomar decisiones a tiempo ante catástrofes de tal magnitud, muy por detrás de unos ciudadanos que sí parecen tenerlo bastante más claro. Mientras que la UE se ha quedado mirando, no han faltado manifestaciones de vecinos contra ciertos centros de refugiados en Alemania (con broncas a la Merkel incluida), invocaciones a las raíces cristianas de Europa en boca de políticos nacionalistas húngaros ni soflamas contra la invasión de un continente en recesión desde Amsterdam a Varsovia. Pero han sido más elocuentes, más directos y más hábiles para escribir la Historia quienes se han lanzado a la calle en Berlín bajo pancartas que lucían el lema "Damos la bienvenida a los refugiados", quienes han acudido a la estación de Viena para proveer a los recién llegados de alimentos, medicinas y conexión wi-fi (con la que confirmar a los familiares que habían llegado a la meta) y quienes han organizado redes de municipios y colectivos para facilitar la atención a los sirios. Hasta el papa Francisco ha aprovechado la coyuntura para pedir una Iglesia más parecida a Cristo al sugerir que cada parroquia acoja una familia de refugiados. Sí, son más. Y tienen toda la razón de su parte.

Esta otra Europa es la misma que desde hace décadas acude a la playa del Mediterráneo, desde Algeciras hasta Lampedusa, cada vez que cabe la posibilidad de rescatar una vida. Y ésta es la Europa que demuestra que sus naciones no pueden sostener durante más tiempo una política de asilo para los refugiados tan restrictiva como la que hoy cunde mayoritariamente (en España, la concesión de asilo a personas perseguidas en sus países por razones ideológicas, religiosas o de identidad sexual es aún una quimera inalcanzable). Es necesaria una normativa en la materia común, organizada y suficiente, pero también más acorde con el presente y sus retos, más lúcida y valiente a la hora de resolver problemas urgentes.

Conviene tener en cuenta otra evidencia: históricamente, Europa ha sido un territorio próspero cuando se ha convertido en ámbito de acogida, mientras que ha quedado abocada al desastre cuando ha jugado a ser todo lo contrario. La llegada de los refugiados bizantinos tras la caída de Constantinopla en 1453 hizo posible el Renacimiento, ya que quienes huyeron trajeron consigo todo el contenido de una cultura clásica que aquí, Platón incluido, apenas se conocía ya de oídas. La Historia se repite. Y a Europa le corresponde cogerla por los cuernos.

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