Relatos de verano

Los Resucitados (III)

Pasaron los días, cinco y seis, pasó toda una semana, y la esperanza de una nueva resurrección se fue debilitando, comenzaron a darlo por verdaderamente muerto, muerto del todo, pero a consecuencia del intenso frío el cuerpo de Mariano Torres, El Resucitado, no se descomponía, ni siquiera varió de color, y las uñas -no arrancadas- le siguieron creciendo, y hasta se le repuso buena parte del cabello sustraído -lo que aprovecharon para seguir vendiendo estampitas, medallas y demás reliquias con recuerdos del difunto Mariano-, no hay mal que por bien no venga.

Cuentan que los dos vigilantes enviados por la notaría para velar el cadáver de Mariano Torres -Javier Cuadrado y Antonio Fernández por nombres y primeros apellidos-, hartos de tanta espera y de tanto frío, hartos de aguantarse el uno al otro, viendo de cerca la Navidad -que siempre gusta de pasar en familia-, una noche de helada y dientes rechinando en la que el cementerio se quedó desierto prendieron una buena fogata alrededor de la mesa de granito provocando tal calor que, con los primeros rayos de sol, el cuerpo de El Resucitado empezó a oler y las chapetas se le cubrieron de una tonalidad azulona y mortecina.

El notario competente, don Cosme, un hombre de muchos estudios, pocas sonrisas y facturas riñoneras, dio el visto bueno y el más de diez veces muerto dejó de burlar las siempre ingratas puertas del más allá y descansó para siempre en un modesto ataúd de madera de pino sin ventanita en el frontal.

Quedaron en la miseria los Torres restantes, Marcelino -Marce-, su hermano Carmelo y su madre Angelita, viuda sin esquela ni pensión ni seguro de vida ni nada de nada, lo habitual en esa España de no hace tanto. Era Angelita una mujer gorda, fornida y enlutada, más ancha que alta, a veces redonda, según la distancia y el ángulo de visión, que no dudó ni un instante en doblar la espalda, maltratar las rodillas, para sacar a sus dos hijos adelante.

Angelita pasó a ser la madre, el padre, la tutora y lo que hiciera falta de sus dos hijos. Una madre coraje en toda regla, madre pato, madre leona o madre escudo, que cuando las mujeres dicen de plantarle cara a la vida, se la plantan, y mucho más que los hombres, que son más de flaquear y de dudar cuando la cuesta se empina.

Entre éstas y otras fatigas transcurrieron los primeros años de los hermanos -Marce y Carmelo- Torres hasta convertirse en jovencitos con pelusilla en el mostacho y mañanas endurecidas, y siempre acompañados de las habladurías que sobre su célebre padre -y abuelo- se mantenían -a pesar del tiempo transcurrido desde su verdadero y definitivo fallecimiento-, como una indeseada sombra de la que parecía que nunca se iban a poder desprender o separar.

Para desgracia de los Torres, como dicta ese refrán de las pulgas en el perro flaco, a punto de cumplir Marce veinte años -mira que se repite la cifra del tango-, sólo los más viejos recordaban la figura de su padre Mariano, El Resucitado, cuando se produjo la gran tragedia: murió Carmelo Torres -el hermano pequeño- de unas fiebres que el agua expandía por todos los rincones de la ciudad. Bastaron unas horas de escalofríos, de vomiteras y de sudor frío para que el muchacho, quince años recién cumplidos, perdiera la batalla por la vida -que es una batalla que siempre disputamos aunque no queramos- y muriera.

Marcelino y su madre Angelita lloraron con estruendo sobre el cadáver del muchacho, y, aunque no lo dijeron en voz alta, solicitaron a las alturas que la leyenda continuase vigente en el joven Carmelo. Aquí nos podríamos referir a ese dicho que nos muestra el clavo ardiendo.

Angelita, cumplidora con todas las normas sociales y, sobre todo, eclesiásticas, novenas, triduos, quinarios, velatorios, visitas a enfermos, misas de gallo, oficios, ramas de olivo y hojas de palma y demás, atavió a su difunto y moreno hijo Carmelo con el trajecito de marino -almirante ni más ni menos- que estrenó para el día de su primera comunión.

El negro luto de la enorme madre -Angelita- parecía más negro que de costumbre, amplificado por el enorme dolor, como si los hilos y los botones de la camisa, la costura de la falda y los pespuntes de las medias la secundaran y se solidarizaran con su pesar. Marce no miró por última vez a su hermano muerto, Carmelo, no pudo, cuando cerraron la tapa de la barata caja de pino, minutos antes de que lo trasladaran hasta el mismo cementerio en el que años atrás aguardaron, entre mirones y curiosos, que las carnes de su difunto padre se descompusieran.

En la casa de los Torres, una casa humilde y decente, siempre limpia y bien encalada, cimentada sobre una falsa primera planta bajo la que se escondía una bodega de vino peleón y que les dejaba las ventanas, sin enrejar, a algo más de un metro de altura desde la acera, se reunieron familiares, vecinos, allegados, gorrones y otros buitres de estos actos, a la caza de echarse algo al gaznate.

Algunos de los asistentes, no muchos, todo hay que decirlo, lloraron con fuerza y desconsuelo, verdaderamente sentida y sufrida la pérdida; otros murmuraron oraciones mecánicas en voz baja como el que repite la tabla del cinco, que es la más fácil -cinco por nueve cuarenta y cinco-, y la mayoría de los presentes afinaban los oídos para no perder detalle de los chismes que los llegados de los otros barrios contaban, aprovechando así la presencia de los desconocidos.

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