¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Samuel Pepys en el Guadalquivir

Leyendo a Pepys se me viene a la cabeza el viejo proyecto de convertir la dársena en un eje de comunicación norte-sur

Samuel Pepys, en un cuadro de la National Portrait Gallery.

Samuel Pepys, en un cuadro de la National Portrait Gallery.

AUNQUE nunca estuvo en Sevilla, es muy posible que Samuel Pepys conociese muchos detalles del que por entonces era el principal puerto del imperio español. Es lo mínimo que se le podía exigir a un alto funcionario británico del siglo XVII que llegó a ser secretario principal del Almirantazgo. Sea como fuere, es precisamente a una editorial sevillana, Renacimiento, a la que esta mezcla de gran burócrata y simpático golferas debe su actual fama entre el público lector español. Los Diarios de Pepys deben ser uno de esos longsellers que todo publicista que se precie ambiciona, una de esas empresas que dan gloria y dinero. Para qué pedir más.

En los Diarios de Pepys podemos encontrar muchas cosas: erotismo picarón, corruptelas, alta política, remedios caseros, amistad, cristianismo, costumbrismo empelucado... y comida, mucha comida. No en vano, el autor fue lo que hoy llamaríamos un gourmand, un goloso con cierto estilo, aficionado tanto a la cantidad como a la calidad en lo que a las viandas se refiere. En sus escritos aparecen todo tipo de festines pantagruélicos que a muchos veganos de la actualidad les resultarían inadmisibles: callos cubiertos de mostaza, empanada de cisne, cecina de jabalí de Jamaica, boeuf à la mode (una especie de estofado de carne) y barriles y barriles de ostras. No me resisto a reproducir un párrafo en el que hace inventario de su bodega: “Trescientos veinte litros de clarete, doscientos treinta litros de vino de Canarias, un tonel más pequeño de vino de Jerez, un tonel de tinto, otro de vino de Málaga y otro de vino blanco, todos juntos en mi bodega”. Para quien quiera más, la editorial Nórdica acaba de publicar una antología gastronómica de los Diarios titulada La alegría del exceso.

Pero si he traído hoy a estas líneas sevillanas al señor Pepys es por su medio de transporte favorito, que no fueron los jamelgos ni los carruajes –y mucho menos la fiel infantería–, sino las barcas que surcaban el Támesis en el XVII. El texto está lleno de referencias como esta: “En pie. Hacía una mañana fría y brumosa. Fui en barca a la oficina”. Cada vez que las leo me recuerdan a ese proyecto tantas veces anunciado de usar la dársena del Guadalquivir como un eje de comunicación entre el sur y el norte de la ciudad, al estilo de los vaporetti de Venecia. El alcalde debería darle una vuelta al asunto. Al menos tendría la certeza de que no requeriría de ningún arboricidio, como la ampliación del tranvía por San Francisco Javier. El río podría ser algo más que una ruta del colesterol y un botellódromo.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios