La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Sevilla tiene un sopor especial

Agosto comenzó en marzo, desde entonces la ciudad está sumida en una melancolía sin fecha de caducidad

Sevilla tiene un sopor especial Sevilla tiene un sopor especial

Sevilla tiene un sopor especial

Hay una quietud que no es como la de otros años. La ciudad está al ralentí. Como si se pasara el día a media luz, como una fiesta a la que faltan la mayoría de los invitados y el ambiente se viene abajo, con el recelo del perrillo que no se acerca más al grupo de niños para no sufrir... perrerías. Está la ciudad desconfiada, como el que mira de reojo para no bajar la guardia en ningún momento, como el conductor temeroso que vuelve una y otra vez a reglar los retrovisores. La ciudad no se fía del futuro porque el presente es amargo y el pasado reciente, ay, es desolador. Malos tiempos para emprender, para el riesgo y para sufrir una caída. La ciudad está como el toro que busca las tablas para echarse a morir sin la esperanza de una verde dehesa. No, el calor no invita a la alegría. Nos han dado donde más dolor nos podía producir: en la primavera. Y el castigo ha seguido cuando el cuerpo más nos pesa: en verano. Sevilla tiene un sopor especial, no es el de todos los años. No se combate con la persiana hasta abajo con un ladrillo de tope para que entre el aire. Este sopor pesa como losas de Tarifa apiladas. Este verano huele poco a las moñas de jazmín y tiene el zumbido de la maquinaria de algunas obras donde da grima ver a los trabajadores a pleno sol. Sol y virus es lo que ofrecemos a nuestros turistas. Son pocos, pero animados. Sortean las escasas calles levantadas, algunos son románticos y usan todavía el mapa de papel, pero ya ninguno pregunta por la Carbonería. Esta quietud impuesta, este semivacío diurno y vacío completo nocturno, genera una melancolía nueva, desconocida, extraña y que invita al recogimiento. La ciudad tiene una paz de orejas altas, ojos abiertos y bayoneta calada. Hay temor por el invierno como si fuéramos rusos, no perdemos la esperanza porque vivimos con ella, e ignoramos si volverá a reír la primavera. Sevilla estrena sopor este agosto que en realidad comenzó en marzo. Vivimos en una ciudad asustadiza, más conservadora, reservada y miedosa que nunca, con la alegría guardada en la despensa de la memoria. Este calor es el complemento perfecto para el ambiente al que estamos condenados desde hace cinco meses. Nadie nos garantiza el otoño, todo está envuelto en el pesimismo, como si estuviéramos en una noche interminable. Esta ciudad de agosto es sencillamente triste. La ciudad de la luz y la alegría, de los cielos limpios y las espadañas altas, a duras penas soporta un futuro grisáceo con ese sentido del humor retorcido que se llama guasa. La Sevilla de agosto siempre era íntima. Pero este año es triste.

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