La ciudad y los días

Carlos Colón

'The Seville chain saw massacre'

SEVILLA, que dejó perder o se dejó quitar el Festival Internacional de Cine, los Encuentros Internacionales de Música de Cine, el Festival de Jazz o los Encuentros de Nuevas Músicas, debería vengarse quitándole a Sitges el Festival de Cine de Terror. ¿Qué se le ha perdido al terror en Sitges? Nada. En cambio Sevilla es la capital europea del horror. Enlosan las plazas históricas y las avenidas a lo Edgar Allan Poe, como Montresor emparedaba vivo a Fortunato en El barril de amontillado o como el esposo alcoholizado emparedaba a su mujer y a su minino tuerto en El gato negro. Restauran y dan vida al casco histórico como Norman Bates mantenía viva a su señora madre en el sótano de Psicosis: con las mismas artes taxidermistas que nos están dejando el centro disecado, franquiciado y "parquetematizado".

Pero el mérito mayor para optar a ser la capital del terror está en la dulce música de las motosierras, el instrumento rey del cine de terror desde que Tobe Hooper lo puso en las manos del Cara de Cuero de La matanza de Texas. Desde entonces la sierra eléctrica es al cine de terror lo que los palillos a Lucero Tena o la corbata a Luis Aguilé: algo esencial para definir su personalidad. El cine de terror, una vez que la estupidez colectiva lo ha convertido en gandinga, suena a sierra eléctrica. Pues bien, ¿dónde cantan con más brío su siniestra canción las sierras eléctricas que en Sevilla? ¿Dónde mutilan más ramas, decapitan más copas frondosas, cercenan más gruesos troncos? ¿Dónde brotan de la tierra -como la mano del final de Carrie- más fantasmas de árboles en forma de tocones? ¿Dónde enferman más rápidamente, exigiendo que se les aplique la eutanasia de la motosierra?

En otras ciudades los árboles viven todos los años que les corresponda, crecen, se hacen frondosos, envejecen con dignidad y son cuidados como corresponde a estos hermosos y bondadosos amigos verdes. Si enferman se les cura, se les poda en la época que corresponde y si sus ramas se vencen las sujetan con tensores. Se talan tan pocos y se reponen tan pronto que es difícil darse cuenta de la sustitución: la calle está siempre verde y frondosa. En Sevilla, en cambio, se les deja enfermar y se les elimina por docenas dejando las calles tan pelonas como las del Distrito Sur que estos días se ve "beneficiado" por una de esas campañas de tala y reposición (lo primero se cumple siempre, lo segundo ya se verá) que nos costará a todos más de 600.000 euros. Es lo que pasa cuando el patrimonio verde se trata como a los protagonistas de las películas gore: a golpe de motosierra.

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