Sine die

El Tour y la Vuelta

No sé qué le habrán hecho los árboles a gran parte de españolitos cuando disfrutan con su tala

En mi ya larga vida laboral, nunca he cogido vacaciones en agosto. Y ustedes dirán: "Y a mí que me importa". Lógico, pero me viene bien este comentario para hacer una reflexión. Soy un amante de la España vacía, que eso de vaciada es una utilización ideológica que se cae por su propio peso, al tiempo que detesto la España llenada y la costa rebosada por el instinto gregario estival. Siempre disfruté de la ciudad tranquila y de los fines de semana solitarios en mi ciudad. Soporto mejor el calor agosteño que el bullicio y el ruido del resto del año. Además, como decimos los andaluces para conformarnos, la calor es cosa de cuatro días y en agosto ya refresca por las noches.

Julio es otra cosa. Las mañanas de los sanfermines son (eran) una excusa perfecta para levantarse temprano y aprovechar el día. Las tardes son el momento de estar relajado en un sillón con el fondo de las etapas del Tour de Francia. Tardes inolvidables con las escapadas y pájaras de Perico Delgado o las hazañas de Induráin. Una tarde de julio sin la voz pausada del comentarista y las repetitivas imágenes del pelotón, no parece la misma. Aunque siguiendo con las confesiones personales, he de admitir que, a falta de un español capaz de transmitirme emoción, disfruto con las imágenes de los lugares de paso de la carrera. Y ahí quería yo llegar.

El color que predomina al paso de los ciclistas es el verde. Francia es un vergel desde Paso de Calais a Perpiñán. No sólo se ve una frondosa arboleda por la zona más rural, sino por los pueblos y ciudades de paso. Nada que ver con la Vuelta. Salvo el norte de la península y algún que otro enclave del interior, España es un gran secarral. Pueblos de adobe en los que la presencia de un árbol es todo un acontecimiento y ciudades en las que los bloques de pisos no ocultan su fealdad con una buena arboleda, dan una imagen de desolación y vulgaridad. Alguna maravilla arquitectónica en forma de catedral, ermita o castillo medieval pone la nota agradable en las tomas de helicóptero, pero nada más salir al campo, el verde brilla por su ausencia y dan ganas de poner el aire acondicionado.

No sé qué le habrán hecho los árboles a gran parte de españolitos cuando disfrutan con su tala y protestan con la caída de las hojas. La arboricidia y la arborifobia, son enfermedades endémicas en nuestro país que necesita de varias promociones de arborterapeutas.

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