¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Julio Iglesias y la motosierra
AUNQUE hace la friolera de treintaicinco años y cinco meses que no se da un enfrentamiento entrambos, los partidos con Turquía siempre nos llevan a un recuerdo funesto, el del puñetero bambino romano que nos dejaba sin ir a los Mundiales del 54. Franco Gemma se llamaba el niñito puñetero que metió la manita en el bombo para sacar la papeleta de Turquía y dejarnos con un palmo de narices y sin Mundial. Indudablemente, los España-Turquía vienen signados por ese recuerdo y por otros dos, uno malo y otro bueno que reaparecen en este día en que volvemos a colisionar con los otomanos.
El bueno es el partidazo de Marcelo Campanal en la durísima batalla de Estambul en que Turquía le daba jaque a España antes de que el bambino concretase el mate definitivo. El malo fue que cuando España se disponía a saltar a la yerba del Olímpico romano para desempatar llegaba un inoportuno telegrama por el que se prohibía la actuación de la estrella máxima de nuestra selección, Ladislao Kubala. A Campanal se le agigantó el prestigio en la batalla de Estambul y empezaron a llamarle Capitán Maravilla, mientras que Kubala tuvo que esperar tres años para, en un amistoso, vengarse de los turcos con un hat trick en el Bernabéu.
Nada que ver con lo de hoy. Tanto Turquía como España son mucho más que entonces y de nuevo el Bernabéu como escenario de un partido que se antoja capital para poner en el buen camino nuestra participación en el próximo Mundial. Turquía es muy competitiva y entre hoy y el miércoles en Estambul vamos a jugarnos con ella mucho del futuro a corto plazo. Sólo nos ganaron en aquel fatídico partido junto al Bósforo y no hay por qué pensar que a esa orquesta que forma la selección española vaya a salirle un mal concierto. No está Iniesta y eso no es bueno, pero lo que hay es tan estupendo que ni siquiera el recuerdo del bambino debe inquietar.
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