¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Julio Iglesias y la motosierra
LOS resultados de las elecciones no han sorprendido, pues las encuestas -salvo acontecimientos excepcionales- cada vez afinan más en sus predicciones. Pero me ha dejado sin aliento la novela de Matthew Glass: Ultimatum, que trata del resultado de unas elecciones, solo que en Estados Unidos y dentro de 20 años. Salvando las distancias, el análisis de los problemas heredados que, aunque vienen de años atrás, resultan peores a lo esperado, la selección de las personas que van a formar gobierno y sus perfiles técnicos y políticos, la urgencia por enfrentar las cuestiones de la economía que llevan a gestos e impulsos con tremendas consecuencias, tienen una extraña lectura en la situación actual de la política y la economía española.
Las elecciones han tenido como telón de fondo la amenaza de los mercados a nuestra deuda soberana. Lo que asusta no es tener que pagar un 5% ó un 7% por la deuda que se va renovando, sino el desconocimiento de qué seguirá luego, la impotencia ante una situación que no se controla. Se ha instalado en nosotros la inseguridad de no saber hasta qué punto es culpa nuestra o un maltrato cruel por parte de los mercados, favorecido por la indecisión de las instituciones europeas y los gobiernos de la Unión.
En la declaración de la Cumbre del Euro del 26 de octubre pasado ya se advertía a los bancos centrales que intervinieran si era preciso, de forma que el requisito, para la banca, de valoración de la deuda como algo con riesgo, no hiciera un daño innecesario, "evitando una presión excesiva en la distribución del crédito en los países de establecimiento y en los mercados de títulos de deuda soberana". Esto no se ha cumplido y, ante la indiferencia de los bancos centrales, se ha dado una venta masiva de deuda pública sin una demanda correspondiente, al estar los inversores desconcertados. Como la deuda alemana no da prácticamente rentabilidad (menos del 2% a diez años), y en torno a ella se está formando una gran burbuja, fondos de inversión, particulares, empresas con tesorería, permanecen en liquidez, sin considerar otras alternativas, con riesgo o sin riesgo, para invertir su dinero. Pocas veces se ha ganado tanto por tan pocos con la deuda pública, no sólo por las comisiones de colocación de esas enormes cantidades, sino por la volatilidad que permite fuertes ganancias. Y pocas veces ha habido tanta incertidumbre sobre la relación entre valor de una inversión y el riesgo de la misma.
No voy a contar nada de Ultimatum, pues sería imperdonable descubrir la trama y quitar intriga a posibles lectores, pero pertenece a ese tipo de drama en que las cosas tienen que llegar a un extremo para que algunos tomen conciencia de la gravedad de una situación; donde "sólo una catástrofe masiva produce una conmoción suficiente para quitar la falsa ilusión de que las medidas y los pasos a medias son suficientes, y que el problema tendrá una solución sin pagar un precio elevado". Porque lo grave de todo esto, y lo que ocurre con los mercados, es que no es algo natural, sino daños que los seres humanos nos infringimos unos a otros, ya que las catástrofes naturales que sufrimos parecen no ser suficientes.
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