¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Valladolid en el Labradores

Ya Bartolomé Bennassar supo resumir el alma bipolar de la España imperial en dos ciudades: Sevilla y Valladolid

Al sur se baja por muchas cuestiones, tantas como viajeros hay. El sur, ya se sabe, no existe. Como el infinito, el horizonte, los espejismos o la isla de San Brandán, siempre se desvanece. Es un estado del alma, un camino de perfección que, machadianamente, sólo toma forma cuando nuestros zapatos lo recorren. Para mí, sevillano de habitación, el sur está en las grandes playas de Trafalgar, en Tánger o en los senderos de herradura de algunos barrancos canarios. Para otros, sin embargo, se encuentra en esta misma ciudad que fue el bazar de las maravillas de la Castilla bajomedieval; el puerto y astillero que abrió su comercio al oro de Guinea, los esclavos bereberes, las manufacturas flamencas, los mármoles genoveses o la moneda florentina. Y, luego, las Indias.

Sevilla ha sido, y sigue siendo, el sur para muchos españoles. Gallegos, sorianos, catalanes, burgaleses, portugueses, vascos, valencianos, etcétera, han llegado a este rompeolas por diferentes motivos: la belleza, la ambición, la santidad, la ciencia, la delincuencia o el mero prosperar... Pero entre todas estas comunidades hay una que destaca por lo mucho que ha aportado a Sevilla: la vallisoletana. Quizás no tengan la fama de los montañeses o sorianos y sus comercios de ultramarinos, o de los valencianos que vinieron a cultivar el arroz en las marismas del Guadalquivir, o de los vascos que emprendieron negocios navieros… La inmigración vallisoletana ha sido fundamentalmente académica y espiritual. Otras veces han salido sus nombres en esta columna: Miguel Delibes de Castro, Lord Protector de Doñana; Enrique Valdivieso, el hombre que nos dejó su monumental Historia de la pintura sevillana; el Cardenal Amigo, príncipe de la iglesia de largo recuerdo; Jesús Palomero, la labia más vibrante y floreada que se oyó bajo las bóvedas de la Real Fábrica de Tabacos; o el constitucionalista Víctor J. Vázquez, ya un mixtolobo fértil de sevillano y vallisoletano.

Para celebrar esta hermandad entre las dos ciudades donde la Semana Santa adquiere su mayor esplendor, el generoso y caballeroso Real Círculo de Labradores acoge este viernes, a las 20:00, la presentación de la revista Mayúsculas, niña de los ojos de Julio Martínez -editor y muy fino escritor- en la que se aprietan en hermandad y confusión firmas de dos urbes que Bartolomé Bennasar usó para retratar el alma bipolar de la monarquía hispánica. No se puede comprender la España de los altos siglos sin el eje Sevilla-Valladolid y viceversa. Se anuncia, asimismo, que con la expedición pucelana viajan algunas de las mejores botellas del nuevo Cigales. Hagamos, pues, un brindis adelantado y berlanguiano con el noble clarete castellano: ¡Vallisoletanos, os saludamos con alegría!

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