La esquina

josé / aguilar

Violencia contra la mujer

POR nombre no va a quedar. Si la eficacia de una política o de un plan se midiera por lo rimbombante de su título estaríamos salvados. Miren el que firmó ayer el presidente Griñán con un montón de autoridades y jerarquías: Procedimiento de Coordinación y Cooperación Institucional para la Mejora de la Actuación ante la Violencia de Género en Andalucía. Nada menos.

Vamos, un protocolo. Un mecanismo para actuar todos a una contra la violencia que unos llaman de género y otros doméstica (lo cual, a su vez, provoca un debate ideológico sobre los enfoques y las intenciones de cada parte). Una violencia que en lo que va de año ya ha causado la muerte de 29 mujeres en toda España, cinco de ellas en Andalucía.

Para frenar esta sangría brutal es para lo que siete consejerías de la Junta, la Delegación del Gobierno, el Poder Judicial, el TSJA y su Fiscalía, la Federación Andaluza de Municipios y Provincias, la patronal y los sindicatos mayoritarios han firmado un acuerdo que persigue cohesionar y coordinar las acciones de cada institución ante las agresiones machistas. Es algo que podía, y debía, estar haciéndose ya, sin necesidad de firmar nada. Pero, bueno, si es necesario que firmen para solemnizar su voluntad de colaboración, adelante.

Así pues, a partir de ahora los organismos implicados en la lucha contra la violencia de género compartirán la información de cada caso a fin de determinar con claridad las actuaciones a realizar y evitar que la mujer agredida se maree y se confunda ante la repetición de trámites y pasos. Las novedades dignas de mención en este protocolo son la consideración como víctimas directas de los hijos de las víctimas, la implicación de los agentes sociales en la detección y protección de casos en el ámbito laboral y la de la Consejería de Educación cuando se descubran episodios de violencia gracias a los menores.

En realidad, todo lo que se haga es poco para combatir este drama de la desigualdad que deriva en agresión y barbarie. Erradicarla ya es harina de otro costal. Todo el arsenal legal, material, social y económico desplegado contra la violencia doméstica choca de bruces con la desazón que provocan los datos que siguen golpeándonos: no baja el número de muertes, los actos violentos también los sufren y los cometen mujeres y hombres jóvenes, y demasiadas mujeres no se atreven a denunciar o perdonan a sus verdugos. Son siglos de cierta cultura lo que hay detrás.

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