¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Una corona para Esteso
Han sido numerosos los analistas políticos, especie que no está precisamente en vías de extinción, que han destacado en los últimos días cómo la actuación de Juanma Moreno en el accidente ferroviario de Adamuz lo ha sacado del agujero de popularidad en el que estaba metido desde la crisis sanitaria por los cribados de cáncer de mama. Destacan las mismas crónicas que el presidente andaluz acertó desde el primer momento con el tono y la presencia que requería la tragedia ferroviaria, alejado de cualquier intento de utilización política de unos hechos que sumieron al país entero en una consternación y un desasosiego perfectamente entendibles.
Traducido lo anterior sería algo así como que una actuación normal, en la que un responsable público se limita a cumplir son su obligación y a gestionar el área que le corresponde en una crisis se percibe como un hecho tan excepcional que sirve para hacer olvidar una actuación negligente y peligrosa en la principal competencia que tiene la administración andaluza, que es el cuidado de la salud de sus administrados.
Tanto se ha resaltado el papel de Moreno durante los días en los que Adamuz ocupó la actualidad nacional que vuelve a considerarse como un horizonte probable que repita la mayoría absoluta en las elecciones del próximo mes de junio, una posibilidad que se había alejado tras el escándalo que siguió a las denuncias por los errores de los cribados.
Todo este relato permite concluir que la normalidad se ha convertido en un valor de excepcional en la política española, aunque suene a paradoja. Es tan raro que alguien cumpla con la misión que se le supone que tiene encomendada que el hecho se destaca como una rareza que merece ser analizada con detalle. Juanma Moreno movilizó con la rapidez que marcan los protocolos los servicios previstos para una emergencia grave y se hizo presente en el lugar del accidente. Cada vez que compareció ante los medios de comunicación fue para transmitir consuelo a las víctimas y para resaltar que el funcionamiento de las diferentes administraciones estaba siendo coordinado. Además, tuvo la habilidad de no mezclarse en la polémica de los días siguientes sobre el estado de conservación de las vías y la inversión para su mantenimiento. Es decir, hizo lo que le tocaba hacer y rehuyó, como acostumbra, discusiones en las que tiene poco que ganar.
Así estamos en España. Que la política funcione, o por lo menos que no interfiera demasiado se ha convertido en un exotismo. Que sea el presidente de Andalucía el que encarne mejor esos valores de moderación y centralidad, alejados del histrionismo diario de muchos de sus colegas, se ha convertido en un activo para la región. Andalucía se ve desde fuera como una región que ofrece una estabilidad y un sosiego que no se da en otros lugares. El contraste con Madrid, tanto en su condición de capital del Reino como en la de comunidad autónoma, es de una dimensión más que considerable. Mejor para los andaluces, incluidos sus políticos. En esta cuestión, aunque la cosa se limite a actuar dentro de la normalidad, parece que estamos en condiciones de dar lecciones al resto del país.
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