Coge el dinero y corre

Federico / Durán

Somos americanos, señor

ESTADOS Unidos cree que aún está en crisis. Probablemente sea cierto. Sus indicadores casi teletransportan al espectador a comienzos de los 80, mala época aquélla para el desempleo (superior al 10%) y otra serie de pulsos económicos. El paro se sitúa ahora en el 9,6%, la productividad cayó un 1,8% en el primer tramo de 2010 y los contratos fijos pierden masa muscular y empañan el mensaje de la oportunidad permanente del sueño americano. Si en los 80 el país contaba con Reagan, ésta era la gestiona Obama, quien por cierto puede perder algunas de sus mayorías políticas en las inminentes elecciones parciales para ambas cámaras. Presunta derecha y presunta (muy presunta) izquierda para enderezarle la espalda al gigante. Lo que no cambia es el poso filosófico: esta potentísima máquina jamás descansa ni mira atrás. Como dice un amigo yanqui, "si se rompe el metro no importa, estos tíos ponen otro en diez minutos aunque sea volando la vía y construyendo una nueva". EEUU y su esencia.

San Francisco, última semana de septiembre. Una historiadora californiana me advierte que tampoco allí hay trabajo salvo que tu perfil profesional se amolde a la órbita Sillicon Valley. Como en España, la sensación es que el pulmón básico de este sistema también se alimenta del sector servicios, del que por cierto participan en amplio abanico los nativos, no sólo los emigrantes de piel oscura y sospechoso permiso de residencia. Pero, claro, la mentira es enorme porque el bastidor industrial, por mucho que mengüe, sigue siendo bestial. Y, por dejarlo claro, si nosotros tenemos Sacyr Vallehermoso, ellos tienen Apple. Cuestión de modelos. Y de estética.

La paradoja es que el éxito del modelo radique en gran parte en un asunto espiritual. El estadounidense es optimista, que no cándido. Las negaciones a priori no existen. Y está muy bien adiestrado en el arte de vender el producto. Nueva York es el mejor ejemplo de un engranaje basado en una atención exquisita al cliente, libertad de horarios comerciales y habilidad en el diseño del envoltorio. Una anécdota retrata perfectamente esta realidad. Francisco Martín Beardo, gaditano adicto a las nuevas tecnologías, exploraba los intercambios transatlánticos cuando para muchos aquello de pedir un producto a EEUU era poco menos que una fantasía propia del mejor y más enrachado Verne. El licenciado Martín se encaprichó de una radio probablemente innecesaria en su vasto catálogo de utensilios dedicados al ocio, y para encargarla llamó al teléfono sugerido en la página de la revista consultada. Una voz femenina con acento de Texas y castellano aceptable le informó del plazo de entrega. "¿Sólo tres días?", preguntó incrédulo el cliente hispano. "Somos americanos, señor", fue la sobria respuesta desde el otro lado del Atlántico.

El negocio es también un asunto de velocidad. Prueben a pedir una entrevista en la Gran Manzana. A diferencia de lo que ocurre en España, la frase inicial no será un "veremos lo que se puede hacer, pero está difícil, ya sabes, tiene la agenda hasta arriba". Allí te piden directamente una fecha límite. Y suelen cumplir. Velocidad de fabricación, velocidad de entrega, velocidad de pasta. Y muchas otras velocidades: ya se ven en las calles, en los parques y en el metro cientos de ebooks. Si EEUU todavía marca tendencia, y ningún indicio revela lo contrario, el papel lo tendrá complicado en unos años. Y a veces no me extraña: compren un ejemplar del New York Times y sufran la gestión manual de su maraña de suplementos tamaño mantel para dos. O échenle un vistazo al New Yorker, la mejor revista de la ciudad, y déjense la vista ante páginas y páginas de aridez gráfica (apenas fotos, apenas diseño). Ser intelectual está muy bien, pero si tienes una pantallita a tiro de dedo, mucho mejor.

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