Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Qué sería de nosotros sin los ancestros

Parece como si ahora todo fuesen errores y cualquier instante pasado, si no mejor, hubiera sido más acertado

Llueven chuzos de punta, pero ahí están los ancestros, nuestros ancestros, para guarecernos con ellos o bajo ellos. No hay problema, por engorroso que sea, por muy desapacible que nos resulte, que no se alivie -y hasta se solucione- echando mano de la tradición. Ah, un legado, no hay nada como un legado. Qué bien viene echar mano de él cuando las cosas se tuercen o, simplemente, no salen del modo que queremos. A ver, ¿qué hacían los antiguos? Los antiguos hacían esto. Pues hagamos nosotros lo mismo. ¿Aunque nos llamen antiguos? Sí, aunque nos llamen antiguos. ¿Y rancios? Es que lo de rancio... Sí, rancio también, no importa; además, lo de rancio hace tiempo que ha transmutado y hasta resulta un elogio, ahora resulta que eres auténtico si eres un rancio. Y hay rancios muy grasiosos, o eso dicen. Por lo demás, lo bueno de los ancestros es eso: como llevan tanto tiempo ahí, qué más da si siguen, por qué van a dejar de estar, para qué quitarlos, seguro que se monta un cirio como dejemos de cumplir con los ancestros. Sería además una putada para tanto pregonero como anda suelto: con la desaparición se les iba a chafar eso de "un rito ancestral", y no hay pregón ni juego floral que se precie que no se sustente sobre eso, sobre la invocación a algún ancestro, sea lo que sea. Que, por si no se han dado cuenta, es lo que mueve el mundo. Y Sevilla, claro.

Tiene para algunos el pasado una cualidad terapéutica, los descarga y les hace más llevaderos los conflictos del presente que, dicen, causan los caprichos y las menudencias con que nos atosigamos en estos tiempos modernos. Ya saben, los viejos eran más sabios y cualquier instante pretérito fue, si no mejor, sí más acertado. Como si ahora todo fuesen errores debido a ocurrencias sin sentido que propician días ásperos y crispados. De ahí que les siente tan bien el analgésico de la costumbre o, si el asunto es duro de verdad y hace falta algo más potente, el antibiótico de la tradición. Por lo demás, el ancestro no precisa receta, es automedicación pura. Y su efecto está asegurado desde siglos.

Sí, llueve con malas ideas, anegándolo todo, pero ahí están los ancestros. No hay de qué preocuparse. Con ellos se capea el temporal, bajo su manto y protección. El alcalde se exhibe en procesión sosteniendo un espadón del medievo dando cumplimiento a un rito -ancestral, por supuesto- mientras la nave consistorial va, y el nuevo decano del Colegio de Abogados destaca como prioridad de su mandato que mantendrá la ofrenda a la Inmaculada y otros "actos ancestrales". Y de ellos tendrán cumplida, actualizada y muy moderna información los letrados en la web del colegio, que se mejorará, y en la nueva app que creará la institución.

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