La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Los 'antisistema' hispalenses
Sin rastas, ni argollas en las orejas, ni pantalones de juglar, ni perforaciones en las aletas de la nariz. Hay un antisistema hispalense que no alza banderas contra el capitalismo opresor, ni repudia la OTAN, ni rechaza el imperialismo yanqui, ni sufre urticaria con los gobiernos del PP, ni sufre alucinaciones preventivas con la llegada de Vox a los despachos donde se gestionan los presupuestos. El antisistema local tiene sus clásicos: vomita contra los cortes de tráfico del Maratón, se enerva cuando va al volante y le toca aguantar una parihuela de ensayo de costaleros y, por supuesto, considera asfixiante el número de procesiones que no es que condicionen el tráfico rodado, sino el progreso mismo de la ciudad. La culpa no es de los gobiernos, ni de la enmudecida sociedad civil. Toma del frasco, Carrasco. El antisistema hispalense está encantado con que la Feria sea en el real de Los Remedios, pues en el fondo está apartada y solo molesta a ese barrio de Salamanca al estilo sevillano que son Los Remedios. Y la gente educada, ya se sabe, no organiza manifestaciones. El antisistema local es un egoísta que no ve más allá del siguiente semáforo. Reacciona de forma airada con las "carreritas" de distrito que cortan las calles del barrio las mañanas de precepto, entra en la fase de furia con el Maratón que altera toda la ciudad, es partidario de que todo se haga en Fibes, fiel a la teoría de que no hay nada como orillar los "eventos" donde menos impacto tienen, y está encantado con un Heliópolis libre de la presión de fútbol, pues confirma que con los partidos en la Cartuja se molesta menos al ciudadano... De la Feria solo le molesta el castillo de fuegos artificiales del domingo por la noche, porque nunca le ha gustado el eco de las explosiones que alcanzan su dormitorio y, además, está sensibilizado con los perros, que sufren especialmente las detonaciones. Tampoco es que acuda mucho a la Feria porque es de la cofradía del puño cerrado. Si acaso un paseo y la visita a la caseta de un amigo, siempre después de haber almorzado en casa, porque el amigo está cortado con el mismo patrón y solo invita a la primera ronda.
Para este antisistema cualquier alteración de su vida cotidiana es una alteración denunciable con dosis de crispación. La ciudad debe ser una foto fija en la que los denominados eventos deben tener sedes alejadas de su hábitat, salvo que el tipo participe en unos de esos acontecimientos, claro. Su caso es el del usuario de Tussam que se queja de la tardanza del autobús y protesta porque el conductor permite que los viajeros se acumulen en la parte delantera cuando la trasera está vacía, pero en cuanto sube al bus no duda en gritar: "¡Chófeeeeeer, arranca que vamos completo!". La tutela del patrimonio histórico no le importa demasiado, eso son piedras que poco aportan a su limitado interés. El odio casi africano lo concentra en el Maratón. No llovió como hubiera deseado. "La lluvia purifica", reflexiona mientras contempla la ciudad desde su piso alto de barriada emergente.
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