Sierpes estrena alicatado de naranjas

Aquí cualquiera monta la decoración más espantosa o chirriante en una tienda en pleno centro de la ciudad

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Las duras amanecidas en Sevilla

Escaparate a base de naranjas en la calle Sierpes.
Escaparate a base de naranjas en la calle Sierpes. / M. G.

12 de febrero 2026 - 04:00

La contaminación paisajística del centro de la ciudad genera muy de vez en cuando alguna sonrisa. Siempre es mejor no tener que sacar el pañuelo para secarse las lágrimas. No hay día sin disgusto, no hay paseo sin que alguna nueva atrocidad nos hiera los sentidos. Siempre hay alguien dispuesto a perpetrar nuevos atentados contra una ciudad que debiera ser aliada de la belleza y exigente con la tutela del patrimonio. Los comercios de quita y pon tienen, al menos, una ventaja. Son reversibles, pero mientras te provocan el daño de esos rótulos estruendosos, esos reclamos que chirrían en el ambiente y esos chirimbolos sacados a las puertas para captar la atención de nuestros amos y señores, los turistas. En Sierpes ha abierto una tienda que tiene como principal atractivo una escaparate cargado de naranjas a modo de gran alicatado. ¡Un cañonazo de vitamina C para el viandante! La naranja siempre es bienvenida, por eso es decimos que hay contaminaciones que generan una sensación agradable, todo sea dicho para que no pasemos por avinagrados, porque si hay que sacar el vinagre que sea de Jerez y no de Módena. Pasas por ese trozo de Sierpes que huele al café del Catunambú y, cuando esperas a ver si están ya los nazarenitos de la confitería La Campana, te topas con tanta naranja que te acuerdas de Luis Bolaños o de Joaquín Morón. Pareciera que estás en la finca El Cerro, en Carmona, oyendo a Bolaños su última innovación en agricultura. O en ese paraíso de la vitamina C donde se cultivan las mandarinas Tango, en la Vega Alta del Guadalquivir, en la finca Santa Ángela que se expande por los términos de Alcalá del Río, Burguillos y Villaverde del Río, un terreno descubierto por Joaquín Morón hace treinta años, cuando se atrevió a plantar cítricos en unas arcillas expansivas.

Pero no, no estamos en ninguna de esas fincas de la Andalucía productiva, sino en pleno centro de Sevilla, donde en los últimos años nos hemos encontrado en la vía pública con reclamos como grandes y simpáticas vacas, genitales masculinos con sabores dulces, maniquíes vestidos de flamencas mamarrachas, bolsas rebosantes de patatas fritas, etcétera. Al menos esta vez son naranjas, tan nuestras, tan imprescindibles para la salud y el perfume de la Semana Santa. El caso es que al final hay una conclusión sencilla, nítida y clara. Aquí llega cualquiera, se hace con un local en alguna de las calles más cotizadas del conjunto histórico y monta la decoración más espantosa que le plazca. Ni conciencia por el paisaje, ni respeto al patrimonio, ni tacto, ni delicadeza. Somos afortunados, esta vez nos han tocado naranjas. No productivas, pero al menos decorativas. O mejor pensarlo así. Tómate el zumo ligero, que se le va la vitamina.

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