césar romero

Escritor

El bar, el VAR y el Barça

Leer es un placer solitario desde los tiempos de san Ambrosio

Si casi todas las actividades humanas se pueden hacer en sociedad, hasta la más íntima, las hay que admiten mejor la compañía que la soledad (la compañía de más de uno, se entiende) y otras que mejor hacerlas solo. Leer, pese a la proliferación de talleres de lectura, es un placer solitario desde los tiempos de san Ambrosio. Si uno termina un libro, por ejemplo No entres dócilmente en esa noche quieta, y concluye que si el pobre padre de su autor, Menéndez Salmón, pudiera leerlo, quizá desearía palmarla otra vez antes de terminar sus infladas y campanudas y huecas páginas, tan pretenciosas como inanes, no tiene que justificar ante nadie su impresión, salvo que se dedique a la crítica literaria (uno, hace años, dijo que este autor prometía, si cuidaba su filón. Se ve que no lo hizo o que, como crítico, más que tuerto era ciego; perdón, invidente). En un taller siempre habrá un lector que se ha emocionado con esa prosa y nos rebatirá y pretenderá reconvenirnos por nuestra opinión. A estas alturas, que cada uno disfrute con lo que quiera pero que no intente convertirnos a su fe.

Hay fanáticos de actos sociales, como el cine, los toros o el fútbol, que, aun yendo acompañados a verlos, se aíslan y reconcentran tanto que rechazan cualquier comentario ajeno. Ni siquiera soportan el ruido de las palomitas, las uñas o las pipas mientras son devoradas en su cercanía. Son fundamentalistas con una fe tan arrobada que siguen sin claudicar ante los canales de televisión de pago y acuden a su templo para la ofrenda periódica. Hubo creyentes en el currismo (y ahí está la célebre sentencia de Romero de Bustillo para acreditarlo), los hay en el beticismo o el sevillismo y muchos profesan devoción por el cine (curiosamente, la mayoría de quienes profesan la religión del cine español lo suele hacer acompañada, no a solas, lo que quizá revele un cierto fariseísmo). Todos ellos no comparten corridas o partidos o sesiones ni cuando asisten en grupo. Pero hay otros que quizá encuentren en la novillada de temporada o en la sesión veraniega de cine o en el partido a la hora del aperitivo una excusa para entablar conversaciones más allá de una aplicación de móvil.

Y otros que, con una moderada afición más social que diletante, gustan de ir a la plaza o al bar para compartir con el aficionado afín ese acto social. Afín no por gustos o colores sino por una manera común de entender la fiesta o el deporte. Ese enterado madrileño que pretende enseñar al autóctono cómo guardar silencio en la Maestranza quita las ganas de volver a una corrida. Como las quita el turista catalán, seguidor del Barça, que se indigna cuando el VAR anula un gol del Sevilla ante el Madrid en nuestro bar de toda la liga, incapaz de reconocer que para su equipo no hay hecho arbitral diferencial, y hace añorar la irónica pulla del parroquiano bético que, en segunda o tercera ronda, acaba invitándote a la próxima.

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