Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

En la carretera de Carmona

La figura de Blas Infante merece reconocimiento y respeto, pero su importancia histórica es sobrevenida

Hasta hace relativamente poco, todos los años tal día como ayer, 10 de agosto, los principales representantes institucionales de Andalucía homenajeaban en el kilómetro 4 de la carretera de Carmona a Blas Infante, reconocido como Padre de la patria andaluza en el preámbulo del Estatuto. Infante fue fusilado en aquel lugar, en 1936, en una de las sacas de la cárcel del Cine Jáuregui, tras haber sido detenido por falangistas en su casa de Coria durante los primeros días de la sublevación militar. Sea porque la fecha no era la más oportuna porque interrumpía las vacaciones de nuestros próceres o porque el fervor andalucista de nuestras instituciones se ha ido apagando con el paso de las décadas, lo cierto es que el acto dejó de celebrarse y fue sustituido por la conmemoración, a primeros de julio, del nacimiento de Infante, en una fecha menos vacacional.

Blas Infante murió víctima de la sádica represión que se llevó por delante a miles de personas en la Sevilla del general Queipo de Llano. Sus restos nunca fueron hallados y se sospecha que están en la fosa de Pico Reja, en el cementerio de San Fernando, para la que ya hay planes de excavación. Merece por ello el máximo reconocimiento y respeto. Pero su importancia histórica, que no su figura, es sobrevenida. Cuando Blas Infante, durante la República, proclamó el andalucismo que lo ha llevado a ser hoy pieza fundamental de la épica autonomista que se fabricó en la Transición, era un personaje muy menor, marginal en la escena política. De hecho, el andalucismo no jugó ningún papel, ni para bien ni para mal, en aquellos convulsos años e Infante, en la escasa atención que le prestaron los medios de la época, no pasaba de ser un personaje exótico que se fotografiaba con chilaba.

Cuando en los primeros años de la Transición se diseña el modelo autonómico, se construye de prisa y corriendo toda una simbología que sirva para dotar de relato histórico a las nuevas instituciones. Ya por aquellos años, un incipiente andalucismo representado por el partido de Alejandro Rojas-Marcos había empezado a reivindicar la bandera blanca y verde, la Asamblea de Ronda o al propio Blas Infante, en base al Ideal Andaluz, un libro tan citado como poco leído y difícil de digerir.

Esta épica andalucista es la que hace que Infante haya sido dotado de significación histórica y sea estudiado en todos los colegios de Andalucía, mientras que otras personalidades mucho más influyentes en su tiempo, como el sevillano Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes, presidente del Gobierno y presidente de la II República, sea un desconocido para los andaluces de hoy. Otra cosa es lo que pensarían Infante y Martínez Barrio, cada uno por su lado, de nuestra autonomía y de para qué ha servido.

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