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El cartel de la Macarena

Aunque personalmente no me guste demasiado, creo que la Hermandad acierta al explorar caminos poco transitados

La semana pasada, la Hermandad de La Macarena presentó el cartel encargado a uno de los pintores españoles más reconocidos de su generación, el sevillano Miki Leal. Y como era de esperar, la numerosa cofradía de los críticos sin piedad que abarrotan las redes sociales, cuales tabernas cofradieras sin altramuces ni tirador, ha puesto el grito en el cielo, pues no en vano la excéntrica propuesta de este artista de proyección internacional dista mucho de las formas del cartel clásico de Semana Santa.

Aunque a mí personalmente no me guste demasiado, creo que la Hermandad (muy bien orientada en la materia, a juzgar por la categoría de los artistas que vienen aceptando sucesivamente los encargos) acierta arriesgando al explorar caminos poco transitados en la cartelería cofradiera, por más que conociendo el paño a buen seguro serán objeto de reproche. Si hasta una persona de la autoridad intelectual en la ciudad como Carmen Laffon ha recibido críticas (por lo bajini, eso sí), imagínense qué no se dirá de un artista joven, desconocido para el gran público, que osa poner junto a la imagen de la Virgen un escudo del Betis y otro del Sevilla, con el gran Silvio como testigo.

Podría encontrarse un cierto precedente en la meritoria labor que desde años viene desarrollando la Real Maestranza con su colección taurina, y que cada año recibe también lo suyo. Pero los toros no son las cofradías, y la tauromaquia como arte laico aunque lindante con el rito admite una variedad de formas que son muchos más difíciles de encajar en la reproducción de las imágenes sagradas, tradicionalmente dispuestas para una observación ortodoxa y lineal con márgenes muy estrechos para un enfoque más moderno e innovador.

Ocurre, y he aquí quizá el principal argumento, que hay imágenes que tienen tal fuerza y transmiten tanto que pueden hasta con las estéticas más contemporáneas, saliendo airosas de todo salvo del insulto o la falta de respeto, algo de lo que el artista se cuidó mucho de evitar incluso proponiendo hasta tres alternativas diferentes, lo que ya de por sí sugiere una generosidad que habría que celebrar, no tanto con el elogio exagerado de la obra tan propio de nuestro carácter expansivo, sino con el agradecimiento sincero a quien, teniendo tanto que perder, acepta el reto de expresarse rozándose con lo más sensible de nuestro complicado entramado sentimental.

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