La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Saber portar los vasos de cerveza
En el palacio de las Dueñas se puede visitar la exposición Cayetana, grande de España, organizada como homenaje al cumplirse el centenario del nacimiento de la duquesa de Alba. Cayetana ha conseguido algo infrecuente: que la exposición fuera inaugurada por el rey Felipe VI y que apoyen su homenaje Felipe González, un señor del PSOE histórico, que fue presidente del Gobierno español, y Juanma Moreno, un señor del PP más centrado, que es presidente de la Junta de Andalucía. Además del Ayuntamiento de Sevilla. Ese consenso político nos dice mucho en favor de la personalidad de Cayetana de Alba.
La exposición de homenaje se puede visitar hasta final de agosto. Las comisarias son Eugenia Martínez de Irujo y Cristina Carrillo de Albornoz. Es un resumen de su vida, con obras de Zuloaga y Benlliure, fotografías de Richard Avedon, Juan Gyenes y Cecil Beaton, vestidos de alta costura, cartas con figuras como Isabel II o Jackie Kennedy y documentos inéditos, entre otras piezas.
Se llamaba Cayetana y se apellidaba Fitz-James Stuart. Eso influye. Pocas personas han sabido unir como ella las tradiciones sevillanas con una cultura que supera el localismo. En Las Dueñas mantenía un palacio repleto de obras de arte históricas. Pero también de artistas de su tiempo. Luis Álvarez Duarte me dijo que la duquesa era su mejor clienta. Ese palacio era también el lugar donde recibía a la cofradía de Los Gitanos. Y en el santuario, junto al Señor de la Salud y la Virgen de las Angustias, ha quedado su recuerdo permanente.
Fue benefactora y mecenas para Sevilla. El cariño de la duquesa era sincero, y no se basaba en un folklore de salsa rosa, sino vivido con hondura cultural e intelectual. Y es verdad que Sevilla no necesita que nadie la defienda para ser como es. Sin embargo, ese sevillanismo de elección, que mantuvo, entronca con el sentir que caracteriza a la ciudad. Sevilla, entre sus dualidades, es aristocrática y de barrio. Bajo el manto de sus vírgenes se han cobijado los títulos nobiliarios y los vecinos de los corrales en convivencia de devociones.
Entender esa peculiaridad no es fácil. Cayetana la practicó hasta el fin de sus días. Ejerció como una sevillana ilustre y una embajadora. Y por eso es justo y necesario que se fomente su recuerdo en este centenario. Sin ojana, ni falsas pleitesías, con cariño y respeto.
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