Fragmentos

Juan Ruesga Navarro

El colegio de Juan Talavera

27 de octubre 2014 - 01:00

UN anciano de figura enjuta, traje y sombrero negros recorría las galerías altas del Patio de la Virgen del colegio de los Escolapios, cruzándose con las filas de niños que íbamos y veníamos. "¿Quién es?" pregunté; "el arquitecto del colegio", me respondieron. Aquellos escolares pasábamos los días en un edificio que era un trozo de historia de Sevilla, y que la mano sabia de Juan Talavera y Heredia había llevado a su esplendor. Y aunque ignorábamos casi todo sobre él, su vida y su obra, aprendimos a querer aquel universo de cerámica y paredes blancas con cenefas amarillas. De igual manera, varias generaciones de sevillanos hemos vivido en la ciudad que Juan Talavera diseño y construyó. Los Jardines de Murillo, plazas como las de Santa Cruz, el Duque, del Museo y Doña Elvira; la Plaza Nueva y el monumento a San Fernando; el Puente de San Bernardo. Basten estos pocos ejemplos. Lo que aquel hombre sensible y exquisito construyó en el antiguo palacio de los Ponce de León era la expresión del espíritu artístico del modernismo, que sueña con los momentos felices pasados, donde aún existían seguridades: la niñez lejana, los paraísos perdidos, los jardines cerrados y ordenados; añoranzas de un mundo que se fue. Y para mí, que fui un escolar tranquilo pero de espíritu inquieto, era la seguridad y la serenidad. El nudo central de todo aquello, el corazón del edificio, era el Patio de la Virgen. Escenario de tantos momentos de nuestras vidas, con sus rotundos pilares blancos y los inolvidables tondos cerámicos, que desde niño me acompañaron, bien en el colegio, bien en la portada de Santa Paula, próxima a mi casa y que luego encontré con emoción en las plazas de Florencia de la mano de Brunelleschi y la familia Della Robbia.

Como los viejos escenarios de tantos teatros que he visitado a lo largo de mi vida, el edificio del colegio acumulaba la energía de todos los que habían pasado por allí, alumnos y profesores. Alumnos preclaros como Luis Cernuda, José María Izquierdo, Antonio Domínguez Ortiz y Rafael Laffón y profesores como el padre Leonardo, un hombre bueno con el que aprendí un gusto especial por la historia, y el padre Eliseo, un sabio que me permitió conocer la belleza de la armonía matemática. Y la figura del maestro, con todo lo que ello significa, personificada en don Luis Palacín, cuyo rastro he reconocido después en las palabras de Juan de Mairena. Pero, sobre todo, aquel inmenso escenario retenía la energía de Juan Talavera. Primero como alumno y después como el artífice de aquel conjunto arquitectónico. Ahora puedo imaginar al arquitecto vigilando la tarea de los artesanos, matizando soluciones, corrigiendo detalles. De aquella estimulante escenografía de luz y color, sólo queda un íntimo collage de fragmentos, de recuerdos.

He encontrado en la madurez la capacidad de reflexionar sobre aquellos días. Lamento que nunca más otros niños sevillanos puedan recorrer los patios y galerías que tantos dejamos impregnados de nuestras ilusiones, porque les aseguro que los viejos edificios tienen la capacidad de contar su propia historia.

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