EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Algunas conclusiones

SE pueden sacar algunas conclusiones de la crisis que estamos viviendo. La primera, que el dogmatismo es letal. No se puede vivir en un país en el que los partidos y sus intelectuales y los medios periodísticos dividen el mundo en dos mitades irreconciliables: una blanca y otra negra, la de los buenos y la de los malos. Pero las cosas están así. Desde hace unos diez años los partidos políticos se han convertido en organizaciones endogámicas que sólo se sirven a sí mismas. En realidad son colosales agencias de empleo que se financian con dinero público, a veces transparente, aunque por lo general muy opaco. Y dentro de esas organizaciones, la reflexión está proscrita, igual que la crítica o el análisis independiente. No hay muchas diferencias de funcionamiento entre un partido político español, ya sea de derechas o de izquierdas, y el Partido Comunista de la Unión Soviética o el Movimiento Nacional del general Franco. Todos se rigen por los mismos dogmas: obediencia ciega, adhesión incondicional y reacciones que sólo se producen a través de las respuestas condicionadas, igual que los perros que ladran cuando oyen un ruido sospechoso o que abren la boca cuando ven un hueso.

Esto es lo que hay. Y lo peor de todo es que esos mismos mecanismos rigen el funcionamiento de las comunidades autónomas y las cajas de ahorros y las universidades y los sindicatos y las organizaciones de empresarios. ¿Qué nos encontramos? Pobrísima reflexión intelectual, muy poca creatividad, nula capacidad de inventiva, inercia administrativa, burocratización, clientelismo. Por fortuna hay excepciones, pero todavía son demasiado escasas. Y si se hiciera un estudio independiente de la utilidad y de la eficiencia de los organismos públicos en España -y en sus muchas ramificaciones autonómicas y locales-, quizá sólo se salvaría la Seguridad Social, y no sabemos durante cuánto tiempo. De los demás organismos públicos, no me atrevo a aventurar los resultados. Y no hay que olvidar que todos esos organismos de dudosos rendimientos reciben una cantidad ingente de recursos públicos.

Y eso es lo que hay que cambiar por completo. Hace falta pensar con frialdad. Hay que desterrar las inercias que dominan la vida pública. No se pueden otorgar cargos en función de la militancia o las cuotas, sino de la capacitación de cada persona, sea quien sea, venga de donde venga. Ya no podemos ladrar si oímos un ruido sospechoso ni abrir la boca si vemos un hueso. Debemos cambiar por completo nuestros hábitos. Hay que tener imaginación, mucha imaginación. Y sentido común. Y grandeza, grandeza humana para dar ejemplo. Y si no actuamos así, sólo una hecatombe nos devolverá por la fuerza al buen camino.

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