cuchillo sin filo

Francisco Correal

La contraseña del cajero

JOAQUÍN Arbide me pidió que hablara tres minutos de Pepe Guzmán. Es el tiempo que se tarda en leer este artículo con la televisión apagada, salvo que sean tres minutos de baloncesto, que diría el mismísimo Pepe Guzmán. ¿Qué quién fue Pepe Guzmán? Para que se hagan una idea, cuando Tom Wolfe descubrió la forma de hacer periodismo de Pepe Guzmán, decidió pasarse a la novela. Le habían birlado la patente del nuevo periodismo. O sea, que gracias a Guzmán los lectores disfrutaron con la lectura de La hoguera de las vanidades. El 30 de mayo de este año se cumplieron diez años de la muerte de Pepe Guzmán. Paco Gil Chaparro, amigo común, publicó una antología de escritos del blasfemo más divino que han conocido las hermanitas de la Cruz. El libro se lo presentó José María Javierre, aquel cura aragonés que se vino desde Múnich a escribir una biografía sobre el cardenal Spínola y ya no se movió de aquí.

La antología, antológica, se titula Coser y cantar. Su monólogo con un cajero automático es una profecía de las calendas de recesión: "En la segunda tentativa aparecieron otros tres billetes de mil por idéntico procedimiento: tecleo el 8534 (no importa que conozcan el código: nunca hay dinero), espero un segundo interminable y pongo las manos". Lo conocí en el verano de 1977, tiempos de Requena y Requenita. El oficio da genios intercambiables. Guzmán era único. "Hace días me enfrenté, en un duelo a muerte, sin salida, con el cajero automático". Su vida difícil, esquiva, la sublimó en un periodismo de Jardiel Poncela vernáculo. Era griego de nacimiento por su obsesión congénita con los números rojos. Y con los hombres rojos. "En el PSOE dicen que son progresistas, y debe ser verdad. ¡Hay que ver cómo progresan!".

"Las desgracias no entran en la taberna, los desgraciados sí", escribe Antonio Díaz Cañabate en su libro sobre la taberna de Antonio Sánchez. Eso le pasaba al periodismo de Pepe Guzmán. Dejaba las desgracias en casa y le regalaba su gracia a los desgraciados. "Ya en el quiosco de las chuches pudimos leer que los mayores de 80 van a disponer de asistentes gratuitos (para enterrarlos)". Fue un transgresor en las crónicas balompédicas, dignas de figurar en la bandeja de plata de un nuevo Billy Wilder, impugnado por los equipos de fútbol como un trencilla polémico y tarjetero, acuñó unas entrevistas imaginarias más verosímiles que los encuentros reales y un día, víspera de la segunda boda de la duquesa de Alba, salieron seis fotos de Angelito Moreno del coche de Guzmán, un Seat 1500 con más letras que el Mahabaratta, empotrado en el arquillo del alcalde de Sevilla. Único. Guzmán. Todo un hombre (bueno), que diría su primo Tom Wolfe.

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