Enrique / García-Máiquez

Con la corriente

DE POCO UN TODO

02 de febrero 2011 - 01:00

SE quejaba dulcemente mi tía monja de haber vivido a contrapelo en su convento. Cuando profesó, las jovencitas eran el último mono, apenas sin voz ni voto, prestas a servir y venerar a las hermanas mayores. Según cumplía años, la balanza se inclinaba, y ya de viejecilla todo eran halagos y miramientos con las recién llegadas, y ninguneos a las ancianas. Se sonreía.

Yo fui joven cuando era un inmenso mérito. Aunque eso va a cambiar, como mantuve aquí el domingo, y la vejez volverá a valorarse… justo para cuando yo sea un carcamal.

Parecerá un optimismo desmadrado, pero estas cosas me pasan. Casi nunca he seguido a propósito ninguna moda, pero me han perseguido, a menudo con saña. Cuando se pusieron a la última los dinkies (double income, no kids), mi mujer y yo, aunque estábamos deseando, no teníamos hijos, y ganábamos dos sueldos, tres si contamos el volátil de mis literaturas. Éramos incluso más: unos trinkies (triple income, no kids). No queríamos, pero estábamos de rabiosa actualidad.

Me ha pasado más veces. Con qué emoción descubrí la antología La poesía más joven, de Francisco Bejarano, donde la clase de poesía que me interesaba y que pensaba obsoleta, resultaba… ¡la auténtica novedad! Más frívolamente, mi pueblo fue un lugar de veraneo animadísimo exactamente durante mi adolescencia. Y aún más: para comprarme un barbour di mil vueltas por Londres; al año, todos tenían el suyo, que compraban en grandes almacenes. Y puede que ahora la película El discurso del rey le dé un toque elegante a mi tenaz tartamudeo.

Pero quizá el caso más estridente sea el último grito: el diastema, que me ha dejado con la boca abierta. Las paletas separadas siempre ocuparon, entre mis complejos, un lugar estelar. Sólo me consolaba Mario Quintana, que advirtió que las sonrisas desdentadas son las más sinceras, y es verdad. Al menos cuando sonrío -me decía- no lo hago por ganar votos, sino sólo si algo me hizo una gracia irresistible. Ya no. Se ha puesto de moda el diastema entre los famosos y, sorprendentemente, vuelvo a estar in.

Con asuntos más graves, igual. Mi catolicismo tiene poco más de dos mil años y mis ideas políticas poco menos de mil, pero hete aquí que en el mundo intelectual se estila ahora cierto malditismo conservador. Yo seguiría profesando mi fe, con ayuda de Dios, y mis principios, aunque me considerasen un anacronismo andante, pero, hoy por hoy, no es el caso.

No presumo, ojo. Constato unos hechos. Mi tía monja, siempre a contracorriente, fue muy feliz y muy buena, que es lo que importa y lo que las modas, ay, no pueden darnos jamás. Ni quitarnos, espero.

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