¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
¡Bochinche, Bochinche!
Hay algo mejor que la fiesta: la cotidianidad. Algo mejor que lo excepcional: lo corriente. Algo mejor que inusual: lo habitual. Algo mejor que lo extraordinario: lo ordinario. Nuestra sabiduría popular, en la medida en que la imbecilidad consumista o la gilipollez global no la hayan extinguido del todo, logró trufar nuestras fiestas de cotidianidad, no desgajándolas de lo cotidiano.
La feria, tan reciente en una ciudad tan antigua, solo 179 años frente a más de dos milenios, es la celebración de una forma de ser, de vivir y de disfrutar. El diseño doméstico de la caseta lo representa mejor que nada: nos divertimos así porque somos así. No hay rupturas ni imposturas. Y menos aún las hay (o debería haberlas) en la Semana Santa por ser la más antigua de las fiestas más nuestras, pasados dos mil años de su origen, 778 de la restauración del cristianismo, 686 de la fundación de la hermandad más antigua, 422 de su configuración actual y cuatro siglos de la hechura de las imágenes que representan y alientan las devociones hoy mayoritarias.
Nos relacionamos así con Dios porque somos así, porque rezamos así, porque creemos así, porque esperamos así. La Semana Santa no es (o no debería ser) una ruptura con la cotidianidad, sino la celebración pública de lo que todo el año se vive. Nadie lo ha expresado mejor que Romero Murube: “El sevillano, que ha metido, por medio de la Cofradía, a Dios en su vida más vulgar y cotidiana, que lo lleva en la cartera, y lo tiene en la tienda del barrio, y en la esquina de la calle, tiene hacia la divinidad un respeto matizado por una sublime familiaridad que sólo puede nacer a través de la Cofradía”.
Sí, en el día después de las celebraciones de la Navidad, digámoslo. Hay algo mejor que la fiesta: la cotidianidad, lo corriente, lo habitual, lo ordinario. Y abierto ayer el camino hacia la luz por el Gran Poder, digamos también que lo más auténtico, y por ello lo más hermoso, de la Semana Santa es su nacer de las entrañas de devoción –que es práctica piadosa cotidiana y costumbre devota– de la ciudad. No como algo excepcional que nace y muere en siete días, sino como el parto de lo vivido en lo íntimo todos los días. No lo olviden quienes, alterando sus tiempos, haciendo exterior lo interior extemporáneamente, la desnaturalizan.
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