La felicidad como bien público

21 de enero 2026 - 03:06

Ayer se cumplieron años del nacimiento de Carlos III (1716) y de la muerte de John Ruskin (1900). En otro momento hubiéramos hablado del carácter ilustrado del viejo monarca y de la Venecia crepuscular que, de algún modo, debe su existencia al pensador británico. Con lo ocurrido en Adamuz, son otras las enseñanzas que cabe recordar de ambas figuras. La primera y de mayor utilidad, es la búsqueda del bien común. La segunda es la necesaria intervención de los poderes públicos, siempre que cumplan con ambos requisitos: el de actuar como poder determinante; y el de hacerlo en beneficio de sus conciudadanos. Sin esta doble exigencia, el poder carece de sentido. Será poder y será público, pero no un agente beneficioso, y mucho menos deseable.

El siglo de Carlos III formula una idea de sociedad que aspira a la felicidad del individuo mediante mejoras educativas, legales, urbanísticas y de todo orden, que procuren la prosperidad de las naciones y el bien común de sus habitantes. Sirvan como ejemplo Jovellanos, Olavide y Floridablanca. Tres siglos después, la acción pública no difiere mucho de tales principios, salvo, lógicamente, en la exigencia de la institución democrática, entonces ajena al continente. También la castidad reconcentrada de John Ruskin, errante por los tejados de Venecia, quiso promover el bienestar de la sociedad, mediante el hermoseamiento de sus viviendas y sus lugares de trabajo. Las fábricas y edificios del XIX, decorados con ojivas, lacerías y pináculos, son prueba de este inocente empeño, que imaginó en el gótico una forma más humana de construir, frente a la aridez de lo clásico.

La fortuna no ha querido viviéramos en el XVIII del rey Carlos, ni en el XIX del Ruskin. Ni siquiera ya en el más cercano siglo XX, cuando las condiciones de vida mejoran de forma exponencial, no solo en Occidente. Todos hemos admirado, con razón, la puntualidad y el servicio de la alta velocidad española, organizada y previsible hasta no hace mucho tiempo. Sin embargo, su patente y reiterada degradación, la abundante concatenación de averías, paradas y retrasos de este verano, seguida del devastador accidente de Adamuz, aún por esclarecer, no nos permiten hablar, en puridad, de un servicio público. Esta dramática evidencia, difícilmente rebatible, incapacita al señor Puente como su servidor más adecuado.

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