Crónicas levantiscas
Juan M. Marqués Perales
La paradoja de Montejaque
Reducir el partido o la institución a su líder conlleva, si fuera necesario, sacrificar al primero para justificar o salvar al segundo. Es un mal habitual en todas las estructuras de poder, sea cual sea su naturaleza. Lo que conlleva sacrificar los principios o las ideas cuya transmisión y aplicación justifican la existencia de la propia estructura, convertida en un pedestal del líder. Y por supuesto sacrificar también a quienes, por muchos e importantes que sean los servicios prestados, creen que los líderes y las instituciones o estructuras están al servicio de los principios o las ideas, y no admiten que se invierta esa relación. Es el “¡Traed madera, que es la guerra!” de Groucho pidiendo que se queme el tren para alimentar el fuego de la locomotora. El tren sería las ideas o los principios y la locomotora sin combustible, el líder sin más objetivo que su propia supervivencia, dispuesto a quemar ideas, principios e incluso al propio partido para seguir adelante.
Algo debe también tener que ver Edipo en esta obsesión. Y la envidia. Se atribuye a Stendhal esta frase mil veces repetida: “No existe nada que odien más los mediocres que la superioridad de talento: ésta es, en nuestros días, la verdadera fuente del odio”. Es complementaria de otra famosa frase atribuida a Chesterton: “La mediocridad es ver pasar la excelencia y no darse cuenta”. Aunque en el caso al que ustedes saben que me refiero, que es el de la jauría ministerial a la que Sánchez ha dado a oler la presa para que la acosen a ladridos, sí hay reconocimiento del talento del personaje, Felipe González, y de su fundamental importancia histórica para su partido y nuestra democracia, lo que no hace sino alimentar su aversión.
Las citas sobre la mediocridad y la envidia aplicables al miserable (y suicida para el partido) espectáculo que está dando el sanchismo (incluido culpar a un fallecido del fracaso de los vivos) podrían llenar un volumen. Y la entera “Virtud militante contra las cuatro pestes del mundo: Envidia, Ingratitud, Soberbia y Avaricia” de Quevedo, en la que escribe: “La envidia está flaca, porque muerde y no come. Sucédela lo que al perro que rabia. No hay cosa buena en que no hinque sus dientes, y ninguna cosa buena la entra de los dientes a dentro”. Actual, ¿verdad?
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