La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Hartos de estupideces
LA Consejería de Salud ha sido tajante en su dictamen: en las casetas de feria no se podrá fumar. Tampoco. El veredicto es completamente acorde con el espíritu de la ley antitabaco. Al tratarse de instalaciones montadas en suelo público, aunque cedidas a particulares en régimen de concesión administrativa, les es aplicable la normativa vigente desde el 2 de enero que prohíbe fumar en todos los espacios de uso colectivo.
La Administración autonómica y la municipal -se ha pronunciado la de Sevilla, pero lo que dice vale para todos los ayuntamientos- coinciden en desmontar el subterfugio esgrimido por el etéreo frente tabaquista de que la caseta de feria viene a ser una prolongación de la casa familiar en la que el anfitrión esté legitimado para dejar que sus invitados fumen. Esto puede valer como filosofía o o sociología del evento ferial, pero carece de efectos jurídicos como para permitir una excepción a la ley. Bastaría, como ya escribí, con que el cocinero, el camarero o el guardia de seguridad sean asalariados para que la prohibición fuese ineludible.
Así pues, la ley camina hacia su cumplimiento total e inexorable, cambiando hábitos seculares y modificando paisajes cotidianos en aras de un bien superior, que es la salud pública, sobre todo la salud de los no fumadores, que llevan toda la vida siendo agredidos en lugares de libre acceso y con total impunidad de los agresores. No cabe ninguna duda de que la legalidad se impondrá y que las actuales protestas puntuales desaparecerán en unos cuantos meses. De lo que me alegro mucho.
Lo que sigo sin compartir es el puntito, o puntazo, inquisitorial, demagógico y paternalista que la ley no ha querido ahorrarse. Todo lo que se haga por proteger a los fumadores pasivos de los humos tóxicos que les transmiten los activos es poco. Pero ¿a cuenta de qué se ha de impedir que los fumadores activos se entreguen al vicio, se envenenen como quieran y acepten acortar sus vidas poco a poco, siempre que no molesten a nadie? ¿Por qué no se autoriza que haya bares para fumadores, restaurantes para fumadores o discotecas para fumadores, todos ellos atendidos por dueños y empleados también fumadores? Seguro que la mayoría de los establecimientos hosteleros prohibiría fumar a sus clientes; dejen que una minoría sirva a la minoría de los que fuman (sólo un treinta por ciento). Aclaración para malévolos: yo no entraría en un local de fumadores.
Eso de que el Estado obligue a un ciudadano adulto a cuidar su salud más allá de lo que el ciudadano quiere libremente cuidarla -insisto, su salud, no la colectiva, que siempre ha de preservarse- me parece hipocresía y coacción. Que se sepa, el Estado no se preocupa de los que se destrozan el hígado a base de alcohol.
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