Las dos orillas
José Joaquín León
Túnel en el Estrecho
En estos días de quinario en San Juan de la Palma iba a escribir sobre la intacta plenitud de lo que adviene, de lo que con toda seguridad será, pero aún no es, de esa bola de cera de recuerdos que cada Domingo de Ramos –siempre el mismo, siempre distinto– va creciendo, gota a gota, año a año. Pero caí en la cuenta de que ya lo había escrito para la secuencia de los cultos internos de la película Amargura que hice con Carlos Valera para nuestra Hermandad. Como muchos de ustedes no la habrán visto, aquí lo tienen:
“¿Dónde hay más luz y más primavera que en esas noches frías de enero y febrero en las que bajamos por Gerona o Regina camino de San Juan de la Palma? ¿Dónde blanco más puro y más Domingo de Ramos que en esas noches de quinario y septenario? Todo está intacto en lo por venir. Todo es esperanza, gozo presentido, aguardo de una llegada cierta. Las cruces de Malta de los antifaces están ahora en los azulejos de las columnas y en el cíngulo de la Virgen que durante el Quinario vuelve a su antiguo altar de la capilla sacramental. Duermen el alto paso y las fantasmales figuras del misterio en la oscuridad del almacén de la plaza; duerme la corona asombrosa como un sol velado; duermen los varales, y las jarras, y la plata arrodillada de los ángeles ceriferarios, como duermen las notas de Amarguras en el pentagrama, las túnicas blancas en los armarios y el azahar en la savia de los naranjos.
Los ciriales que vemos avanzar culminando el camino de luz que su blanca cofradía abre a los poderosos pasos de San Juan de la Palma se alzan para anunciar la palabra de Dios y su presencia real en la Eucaristía. El Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes y la Amargura tienen como pasos el dosel que Farfán labró. Las marchas son cantos de sochantres, órgano y coplas.
Nada más lejano y a la vez más íntimamente cercano, más perdido, pero también más poseído y resguardado, que el recuerdo de los Domingos de Ramos vividos. Nada más pleno de existencia y más desbordante de vida que lo que ya es, pero aún no ha nacido. Por eso no hay luz más clara, ni primavera más plena, ni blanco más puro, ni más intacto Domingo de Ramos que los días de quinario y septenario en San Juan de la Palma, cuando todo es a la vez memoria de lo pasado y esperanza de lo porvenir”.
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