La aldaba
Carlos Navarro Antolín
La cultura del chalequillo
Con el lamentable episodio del ciclo de conferencias de la Guerra Civil en Sevilla, se ha comprobado que la extrema izquierda es más sectaria y totalitaria que la extrema derecha. Eso no significa ensalzar a la extrema derecha, sino que la extrema izquierda es un lobo que juega a ser oveja. Salvo excepciones, son intransigentes y boicotean a los que no piensan igual que ellos. Es decir, no son democráticos, ni están a favor de la libertad de expresión. Y es una pena que algunos escritores, a los que se les presupone una cierta intelectualidad, se comporten así. Incluso en los años de sangre y fuego hubo gestos más amistosos.
Por recordar algún caso andaluz. Joaquín Romero Murube, que apoyó al régimen de Franco en la guerra, escondió al poeta comunista Miguel Hernández en el Alcázar de Sevilla. José María Pemán intentó en vano que Rafael Alberti regresara de su exilio, y luego se abrazó con él en Cádiz cuando pregonó el Carnaval, ya con la democracia. Ilustres escritores de derecha consideraron una atrocidad el asesinato de Federico García Lorca, desde luego más de los que criticaron el fusilamiento de Pedro Muñoz Seca por el otro bando. En los años 50 volvieron del exilio escritores como Ramón Gómez de la Serna. Rosa Chacel volvió y se fue dos veces. Entre los que se quedaron durante la dictadura, algunos de los mejores cambiaron de ideas, como Camilo José Cela, que hizo la guerra con las tropas de Franco. Otros escritores de primer nivel, como Josep Pla y Álvaro Cunqueiro, que apoyaron el franquismo en la guerra civil, se desengañaron. Dionisio Ridruejo, que empezó falangista, se dedicó a la política y murió socialista.
Luis García Montero, tan solidario con David Uclés en su boicot, procede de una familia de derechas y su hermano fue concejal de Cultura del PP en Granada. Bastantes irreductibles de la ultraizquierda de hoy padecen un freudismo político, y son hijos o nietos de falangistas o militares franquistas. Y, desde luego, los escritores de la Transición no eran tan sectarios. Francisco Umbral, que iba a las fiestas del PCE, elogió la obra de Agustín de Foxá, que fue falangista. Por otra parte, hay que decir que los escritores que vivieron en España en la posguerra, incluso los que no eran afines al régimen, están infravalorados con respecto a los del exilio. Por ejemplo, ¿quién lee ya a Ignacio Aldecoa, o Juan García Hortelano? Pero eso daría para otro artículo, o una conferencia. El sectarismo de la extrema izquierda en el siglo XXI, desde los indignados y Podemos, ha aumentado. No quieren debatir, sino eliminar.
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