La aldaba
Carlos Navarro Antolín
La cultura del chalequillo
Se ha hablado, sin kleenex para todos, de la tristura del mes de enero en Sevilla. El ánimo dicen que decae. La lluvia empapa las alas en el intento vano de retomar el vuelo. La pesadumbre es como la ropa mojada. Pesa más. Seguimos en febrero bajo el largo “pasillo de borrascas” (Ingrid, Joseph, Kristin, Leonardo) y del efecto Fujiwhara, que no remite ni al plato estrella del Ramen ni al cine clásico japonés, sino a la danza conjunta de dos borrascas que hacen migas y copulan la una con la otra.
¿Tristura? ¿Decaimiento? Yo no sé a qué se le llama exactamente tristeza de enero o de febrero. Si es por la lluvia furiosa que chafa planes y quedadas. Si es porque en los días laborales las calles se despueblan pronto al anochecer. Si es porque ver los veladores sin clientes provoca una bendita sensación de extrañeza. Si es porque quizá la muerte se emplea en la faena y es ahora la temporada alta en los tanatorios. Si es porque dentro de casa la ropa puesta a secar en el tendedero nos contagia un no sé qué de desamparo o desarraigo. Si es porque el menudeo del tiempo ordinario ofrece poco aliciente lúdico para los fiesteros. Si es porque –lo he escuchado y lo he leído– no hay procesiones extraordinarias en las calles. Si es porque el tardeo ese de viernes o de sábado no apetece tanto por ahorro obligado y por mal tiempo. Si es porque llevar o recoger a las criaturas en los colegios bajo ventarrones y mantas de agua hace bosar el estrés de la rutina.
Disiento de quien diga que estos días de invierno son tristones. No hallo mayor deleite que en esas calles pronto silenciosas cuando las tiendas echan el cierre en el centro de la ciudad. Uno da cauce a su venganza reprimida al contemplar el más bello acontecimiento en calles y plazas atestadas de comederos y bebederos: veladores sin nadie bajo la lluvia y el frío. Llaman tristeza a que el ruido soez se aplaque por unos días. A que no haya tanto festolín por todo lugar y a toda hora. A que poder andar sin muchedumbres ni estímulos ni compromisos sea una conquista del sevillano en versión fría o prácticamente inexistente. A que los turistas se dejen ver en proporción más ajustada y amable. A que no se escuche en casa desde los bares cercanos el maldito cumpleaños feliz y las cantatas alcoholizadas dedicadas al supuesto agraciado.
¿Tristes estos días? Por favor, un respeto por la tristeza que nos hace felices.
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