Horizontal

16 de enero 2026 - 03:05

Una vez, mi admirado poeta Manuel Moya me contó que a los chiquillos de su pueblo, Fuenteheridos, a los que da clase su mujer, les cuesta entender la noción de horizonte. Lógico. A quienes nos hemos criado en cuesta, el –tiro de diccionario– “límite visual de la superficie terrestre, donde parecen juntarse el cielo y la tierra” resulta una extravagancia. Para las serranillas como esta que les escribe, el horizonte no solo es algo extraordinario y vacacional, sino también una mijilla inasumible. Mi cosmovisión es vertical; para mí, los sitios no están a la izquierda o la derecha, sino parriba o pabajo, y el cielo pocas veces está al frente, siempre en alto. Sostengo que este asunto no es baladí; te ahorma la intuición pura y te cala hasta las cachas de las categorías kantianas. La tierra no será plana, pero Sevilla sí. Este extremo, para una aborigen del Alto Guadalquivir, sigue siendo una movida por más que lleve medio siglo en este valle.

Para hacerme el ojo al horizonte, poner la mirada a remojo y rotar un rato el alma a formato horizontal, he roto a pasear por las marismas de Sevilla, los extensos arrozales, las riberas bajas. Hasta el umbrío observatorio frente a la laguna ofrece una visión en cinemascope: el ventanuco del mirador es angosto y a lo ancho. Conviene ir entre semana para que los visitantes vocingleros no jodan el mutismo exacto del humedal. Como en la nieve, allí el silencio es distinto, amortiguado, apaisado. Saberse el nombre de los pájaros sin duda haría que los viera mejor. Las cigüeñas charlotean castañeando el pico y vuelan como quien camina hasta sus nidos-mansiones. Pienso (no, no pienso: estoy) en los escenarios de La Isla Mínima, en los dibujitos de Tom Sawyer, en los backwaters de la Kerala de Arundhati Roy, en la Indochina de Marguerite Duras, que tenía razón: esta horizontalidad tan húmeda, inmóvil y excesiva, de luz ensordecedora, calca el estado de ánimo de quien la atraviesa despacito, para el coche, se arría y la contempla. O no sé si es más exacto decir que la sufre y la desea. La luz, el agua y el horizonte no explican nada, se imponen. Es como si me hicieran el puñetero favor de sentir por mí. Tal vez en esto consista la lección de horizontalidad que nos regalan estas atmósferas sevillanas a las que vivimos aquí, como poco, al bies: una manera de estar en el mundo más lenta, fatalista y lúcida. Quizá, no sé. Estoy tratando de averiguarlo.

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