Izquierda Airbnb

04 de febrero 2026 - 03:07

Que una ex ministra de la nación hable de sustituir a la población autóctona por gente “inmigrante y trabajadora” no deja de ser un hecho desafortunado. Lo es porque revela un concepto utilitario y cínico de sus conciudadanos, a los que avalora únicamente según su proximidad ideológica; y lo es porque sitúa al emigrante en el papel de opositor, de alternativa, de Otro mayúsculo (¿no era esto el racismo?), frente al paisanaje español, que a la señora Montero no debe gustarle particularmente. Esto ya lo habíamos visto con los jubilados y con los periodistas; y, en suma, con quienes han mostrado algún desacuerdo con su partido. Por ejemplo, el desacuerdo de no votarle. Ahora la señora Montero parece que ha encontrado en la gentrificación, en la política Airbnb, una forma discreta y posmoderna de solucionar los problemas domésticos de España.

A pesar del tono escalofriante, muy siglo XX, con el que la señora Montero quiere regenerar España, vaciándola de algunos españoles, lo cierto es que su partido ya manifestó esta inclinación ¿capitalista? al reemplazo en otras cuestiones algo menos radicales y tajantes. Sin ir muy lejos, cuando los jubilados no votaron a su partido en las cantidades adecuadas, y el señor Iglesias pensó que había que rebajar la edad de voto para que España votara correctamente. O cuando propuso recuperar el periodismo de Estado y la censura periodística –lo que antaño se llamó la prensa del Movimiento– debido a las críticas desfavorables al Gobierno actual. En puridad, el barrido de españoles desafectos que propone doña Irene, o la ampliación del cuerpo electoral, ya sea con jóvenes o con inmigrantes, señalan en una misma dirección: la de forzar los resultados electorales hasta que coincidan con los deseos de quien gobierna.

Esto sugiere que el idealismo de doña Irene quizá no lo sea tanto ni tan desinteresado. Ahora que la juventud española parece inclinarse hacia el conservadurismo (gracias, en no poca medida, a los abundantes méritos de la izquierda), quizá ya no volvamos a escuchar a doña Irene y a don Pablo solicitando la rebaja de la edad del voto. Con la cuestión del voto inmigrante pudieran hallarse ante el mismo error. Nada le garantiza a doña Irene que las nacionalizaciones previstas inclinen al electorado hacia su Gobierno. Un Gobierno, recordémoslo, mantenido por un florilegio de partidos xenófobos.

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