¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
La calle de la Teta
Madrid cada día está más lejos de Sevilla. No solo por el desastre en el que se ha convertido el AVE, que hace que llegar puntual a la capital del Reino se haya convertido en un empeño imposible y que las menos de dos horas y media, que era el tiempo habitual de viaje en los últimos años del siglo pasado, parezcan hoy un récord fuera de nuestras posibilidades. La razón fundamental por la que Madrid se aleja tiene mucho más que ver con la capacidad de creación de riqueza, con la inversión empresarial , con el emprendimiento... En definitiva, con eso tan complicado de meter en reglas fijas que hemos dado en llamar progreso. Ahí están todos los indicadores para alejar cualquier duda. Madrid hace tiempo que dejó atrás a Barcelona, que llegó a ser la capital empresarial y cultural de España y su ciudad más europea. Sevilla ha desaparecido del retrovisor: ni se la ve ni se espera que aparezca.
Lo que ha pasado en España en el curso de las cuatro últimas décadas es uno de los fenómenos económicos y sociales más singulares de los que han ocurrido en la Europa de finales del XX y comienzos del XXI. Cuando la dictadura del general Franco murió de muerte natural, hubo un acuerdo básico entre las fuerzas políticas que iban a construir la nueva democracia: el nuevo modelo se basaría en una descentralización administrativa que dejara atrás el centralismo uniformador del franquismo y diera personalidad jurídica a las regiones, especialmente a aquellas, Cataluña y País Vasco, con fuerte tendencia centrífuga.
El resultado de todo aquello ya lo conocen. El Estado se vació de competencias en favor de las autonomías y cada una de ellas se constituyó en una especie de pequeña corte con capitalidad, himno y bandera, suntuosas sedes presidenciales y parlamentarias y proliferación de leyes, decretos y reglamentos.
Lo que nadie fue capaz de prever es que casi medio siglo después el centralismo iba a volver, con Madrid convertida en una potencia económica a la que nadie le puede hacer sombra en España. Si le llegan a decir a un Rafael Escuredo o a un Pepe Rodríguez de la Borbolla en los primeros años ochenta, cuando se ponían las bases de la autonomía andaluza, que Madrid iba a ser el centro financiero, empresarial y social del país a mucha distancia de cualquier otro, posiblemente no lo hubieran creído. Y esa potencia económica se traduce en poder político. Hoy todo se vuelve a cocer en los despachos y restaurantes de Madrid y allí se toman las decisiones importantes
Todo esto lleva a plantearse si el Estado de las autonomías ha sido algo más que un cascarón vacío. El efecto capital ha favorecido a Madrid, sin duda ninguna. También un modelo territorial en el que las principales infraestructuras están allí o están diseñadas para llegar hasta allí. Pero también habrá que concluir que algunas cosas se han hecho mal en el resto de los territorios, sobre todo en algunos, como Andalucía, ha sido incapaz de salir del furgón de cola.
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