la tribuna

Bernardo Díaz Nosty

La manzana de Turing

NO basta con ser un buen americano, sino parecerlo, por eso Steve Jobs, hijo adoptado, solía decir que los valores y el conocimiento adquirido eran más importantes que la herencia de la naturaleza. Jobs nunca se vio con su padre biológico, Abdulfattah Jandali, y estuvo más cerca de su madre adoptiva, Clara Hagopian, una trabajadora modesta, hija de emigrantes cristianos huidos de Turquía, que le enseñó la lengua y la cultura armenias. Una vida de arraigos y desarraigos, de intuiciones de modernidad y huidas hacia la envolvente armonizadora del ser y el parecer -Jobs se orientó hacia el budismo Zen-. Bajo el mejor diseño, el mejor producto.

Hace pocos meses, Obama, durante un discurso ante el Parlamento británico, se refirió a Jobs en una secuencia en la que fue relacionando grandes figuras de las dos orillas del Atlántico: "… Desde Alan Turing a Steve Jobs hemos conducido el mundo con nuestro compromiso con la ciencia y la investigación de vanguardia". Obama recibió críticas por lo que se entendió como una asociación impropia: Turing fue un genio; Jobs, un hombre de negocios. Pero no era exactamente así.

Al genio de Turing lo metieron en el armario los británicos y Jobs ha contribuido a transformar la estética y la práctica de una nueva realidad que busca salir del viejo mundo. Seis meses antes del discurso de Obama, en la galería Christie's de Londres se subastó un Apple 1, el primer ordenador personal del taller de Jobs, que consiguió un italiano por un precio 320 veces superior a los inquietantes 666,66 dólares con los que salió al mercado en 1976. Los papeles de Turing sobre las bases de la informática moderna y la inteligencia artificial, que estaban en otro lote de Christie's, no se vendieron.

Sin embargo, en la intervención de Obama había un mensaje oculto. En su lecho de muerte, Turing dejó una manzana mordida, inyectada en cianuro. Tenía 42 años y ya una década antes su trabajo contribuyó de manera extraordinaria a la victoria de los aliados. Sin embargo, su condición homosexual, perseguida por las leyes británicas, le condujo ante la justicia, que condenó su "depravación" con la castración química.

Siempre se ha dicho que el símbolo de Apple -la manzana mordida- era un homenaje a Turing. El diseñador del logo, Rob Janoff, lo ha desmentido, pero Jobs jugó a la ambigüedad, como si la leyenda urbana fuese un elemento añadido a los valores de un mundo en cambio presentes en su compleja personalidad. Se non è vero, è ben trovato… Jobs nació meses después de la muerte de Turing y fallece ahora, cuando el Reino Unido se dispone a celebrar el centenario del padre de la informática moderna. Frente a la biografía de ensueño de Bill Gates, la de Jobs es la del superviviente que ha puesto a prueba el sueño americano y ha intentado convertirlo en sueño global…

Abdulfattah Jandali, un brillante estudiante sirio de políticas, se doctora en Wisconsin en 1954, donde se inicia como docente y se enamora de Joanne Schieble, un año más joven que él. Joanne queda embarazada, pero el señor Schieble, de origen germano, se opone a la boda porque el joven doctor no es lo suficientemente blanco para su hija. El fruto del amor es entregado en adopción por el suizo-alemán para lavar el honor de la familia. Schieble fallece, y Abdulfattah y Joanne contraen matrimonio, aunque no logran recuperar a su hijo. Dos años después nace Mona, que alcanzará la celebridad como escritora (Mona Simpson), pero pasarán muchos años hasta que la hermana y los padres de Steve descubran que el fundador de Apple era el niño perdido con la adopción.

En Jobs se ponen de manifiesto muchas de las contradicciones de los personajes extraordinarios que mueven el mundo. La rebeldía personal -abandonó la Universidad- animó su lucha por la vida y le hizo huir del exhibicionismo, ocultando incluso que fue el primer contribuyente del Fondo Mundial de lucha contra el Sida, la tuberculosis y la malaria. "Recordar que vas a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder", dijo ante el claustro de la Universidad de Stanford en 2005.

Millones de sus fans -Jobs levantaba pasiones- han conocido su muerte en todo el planeta a través de los terminales que creó… Los sirios dicen en la red: "Ha muerto el árabe más famoso de la Tierra". Los turcos recuerdan: "Fue criado por una mujer oriunda de Esmirna…". Son las voces de un mundo global al que tan decisivamente ha contribuido la manzana mordida por Turing que Jobs ha convertido en fruta del nuevo árbol del paraíso...

Sobre la corteza terrestre, que estos días tiene algo de piel de manzana, la memoria que va de los años cincuenta a nuestros días habla de avances y esperanza, del poder transformador del ser humano. Hoy, la misma nación que castró a Turing se avergüenza y pide perdón -lo hizo Gordon Brown hace dos años-, y el mismo pueblo que veía en un sirio poca blancura de raza elige un presidente negro… Hay razones para seguir.

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