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Cambio de sentido

Ni medio normal

El 'extrañamiento' viaja en dirección contraria a la 'normalización' tan ansiada en nuestra sociedad

Quienes nos dedicamos a la escritura tendemos a mirar "con el ojo del bárbaro", que diría Unamuno, es decir, a observar lo habitual con cierta extrañeza. Sale solo, a poco que subsista en nuestro fuero interno un gramo de estupor. Es, cuanto menos, divertido y, en su punto máximo, revelador. Hasta el autor más costumbrista, si es bueno, guarda dentro de sí a un extranjero atónito. La llamada nueva normalidad despertó el asombro entre personas que lo tenían adormecido. Quedaba tan de manifiesto la arbitrariedad de ciertas normas ("teatro Covid", denomina una amiga a cosas tales como guardar metro y medio en la cola de algún lugar y, una vez dentro, estar apretaditos y sin ventilación), quedaban tan a la vista las endebles tablas del Gran Teatro del Mundo, que llegamos a sentir vértigo. El extrañamiento viaja en dirección contraria a la normalización tan ansiada en nuestra sociedad. A todas horas se reivindica -o se denuncia- la normalización de X (donde dice X escoja cualquier asunto). Reivindico yo a su vez y con el mismo ímpetu un poquito de extrañeza: de cerca nadie es normal.

En estos primeros días de septiembre casi todo me resulta chocante. Apenas existe un tránsito entre rutinas. Hasta hace unos días, "lo normal" era subir a las redes fotos de la playa a la caída de la tarde y mensajes de carpe diem. De pronto y porrazo, sin solución de continuidad, todo son post de proyectos, organización y cantos al esfuerzo. Quienes hasta ayer se aburrían, hoy están agobiadísimos. Con razón pega fuerte al personal eso del síndrome posvacacional. Miki y Duarte pintaban en su viñeta dominical un déjà vu: una mujer cree por unos instantes que no se ha ido de vacaciones, pues acaba de regresar y ya está instalada en la dura realidad. Hay quien disimula el descoloque, quizá por no ir con el paso cambiado en esta delirante coreografía social en la que parece que hemos de hacer lo mismo y a la vez. Quien en agosto no vive como si no hubiera un mañana se siente tan raro y culpable como quien se pira en octubre a una playa desierta. Para colmo de males, la llamada "normalidad" se acelera año tras año. En ciudades como Madrid, Vigo, Ourense, Huelva y Alicante ya han empezado a instalar las luces de Navidad. A nadie parece extrañarle. Una sociedad a la que nada le turba, nada le espanta, compuesta de individuos hiperadaptados, quedaría inhabilitada para el pensamiento crítico y la alabanza de lo original, para la libertad y para la disidencia.

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