¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Con mimos a Bolívar

Al otro lado del charco atacan las estatuas de Colón; aquí restauramos las de los próceres americanos

Con no poca razón, algún peligroso cayetano dijo que haber puesto en la Palmera una estatua de Simón Bolívar era como si nuestros biznietos erigiesen, en plena Avenida de la Constitución, un monumento a Puigdemont. Pero las modas son las que son y durante una época, en los ambientes de la progresía hispalense, se llevó el culto a los libertadores americanos, quizás desconociendo la pobrísima opinión que Marx tenía del mariscal, como dejó claro en un artículo que escribió para una enciclopedia británica. Fue Luis Uruñuela, el alcalde del pacto de izquierdas que le robó la victoria al ucedista López Palanco, quien ubicó la efigie al caraqueño en una de las avenidas más principales de la ciudad, en un acto que contó con participación del hoy Monarca emérito, que en esa época era muy del agrado del rojerío ibérico. Desde entonces, la estatua se ha convertido en un elemento cotidiano para los conductores que colapsan la Palmera.

El culto a Bolívar en Venezuela llega a lo cómico, pero es disculpable en una nación que lo tiene por progenitor. Lo que resulta curioso es que en una ciudad como Sevilla, tan ingrata con sus hijos más preclaros (vivos o muertos,) se hayan levantado hasta tres monumentos a los que consagraron sus vidas a diezmar la hacienda y demografía de la exhausta España posnapoleónica: Bolívar (la Palmera), San Martín (Torneo) y Martí (Plaza de Cuba). No sólo eso, sino que además los tratamos con mimos de tata vieja. No hay más que pasarse por la Glorieta de Buenos Aires para comprobar hasta qué punto cuidamos la estatua de Bolívar, actualmente andamiada y con dos restauradoras que, todas las mañanas, se afanan en sacarle brillo al prócer. Lo van a dejar más bonito que un San Luis a cargo de las arcas municipales. Bien mirado, todo esto no hace más que hablar bien de la muy civilizada y generosa ciudad de Sevilla. Al otro lado del charco derriban o pintarrajean las estatuas de Colón, Cervantes o Las Casas, pero nosotros sometemos a un rejuvenecedor tratamiento estético a las de sus héroes nacionales. Todavía hay clases. Chapeau por la madrastra España.

Muy cerca de la efigie ecuestre de Bolívar está el setentero monumento a Elcano. Al pobre de Juan Sebastián los borrachos de guardia le suelen colocar una lata de Cruzcampo en la mano derecha, la que alza al cielo para reclamar su grandeza. Y así queda, brindando por los buenos tiempos de las Molucas. Pero a don Simón ni tocarlo, no vaya a ser que se moleste Maduro, Teresa Rodríguez o algunos de esos cónsules honorarios que se alimentan sólo de canapés.

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