Palabras que son como portañuelas abiertas

Una pancarta.
Una pancarta. / 74

14 de febrero 2026 - 05:30

SOY un rendido admirador de Amelia Valcárcel y sufro por no ser correspondido. Pocas veces he visto a una persona tan inteligente y fina, tan seductora con la palabra. En los textos y conferencias de esta filósofa hegeliana y feminista siempre hay un punto de ironía y travesura, un “vamos a pasárnoslo bien” no exento de coquetería, aunque tiene un estilo profesoral de tarima antigua, algo chuleta y muy exigente con ella misma. Nunca me arrepiento de acercarme a su sacra presencia porque nunca sermonea. Es ilustrada sin moralina. El otro día escuchaba por internet una conferencia suya en el Instituto Tecnológico de Monterrey (México) sobre las religiones actuales y saltó una de esas reflexiones que me ponen a sus pies. La reproduzco de memoria y al estilo marrullero: “Hay personas a las que no se les puede dar una palabra, porque ya no la sueltan nunca más y están todo el día repitiéndola, venga o no a cuento”. Como caso práctico, la señora Valcárcel señaló el vocablo “eurocéntrico”, que es muy usada por las generaciones que han elevado al rango de la física cuántica camelos intelectuales como los estudios decoloniales.

Esta mañana me ha saltado otra perdiz del estilo. Estaba escuchando a Jiménez Losantos (que es algo así como leer los diarios de Joaquín Campos: brillante, explosivo, brutal, exagerado, divertidísimo, injusto, verdadero, pedagógico, mal visto...) cuando dijo que usar la palabra “resiliencia” es como ir por la vida con la “portañuela abierta”. Ole, chapeau, bravísimo. Urge –y lo dejo como propuesta a mis diversos amigos y enemigos editores–, la elaboración y comercialización de un Diccionario de palabras que son como portañuelas abiertas. Pelotazo asegurado, porque hay vocablos que te delatan y que su abuso deja al descubierto el blanco del Abanderado. Y no solo en las personas, también en los medios. Por ejemplo, no es raro ver alguna edición digital que en sus portadas llegan a usar el término “ultra” (así, en corto, para que quepa mejor en la caja del titular) hasta siete u ocho veces. Porque ultras, por supuesto, son todos los que están a su derecha: el católico tradicional, el monárquico nostálgico, la marquesa liberal y oradora, el periodista que desertó del progresismo, el historiador que no trota con el rebaño de la memoria, el científico que no cree en el apocalipsis now... Dices “ultra” y se te abre la portañuela. Así que cuidado.

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