Tomás garcía Rodríguez

Doctor en Biología

La plaza de Doña Teresa Enríquez

Doña Teresa Enríquez importó de Italia la idea de instaurar hermandades sacramentales

Cuenta la leyenda que en el solar de la iglesia de San Vicente existió una basílica paleocristiana desde los albores del cuarto siglo, la cual sería profanada por el rey vándalo Gunderico en sus sangrientas correrías por tierras de Hispania a comienzos de la siguiente centuria... El templo mudéjar del siglo XIV que hoy admiramos procede de uno de los veinticuatro erigidos por Fernando III tras la conquista de Sevilla, quedando situado tiempo después en el centro de una plaza que contendría una fuente y un corral de comedias en una finca colindante. La zona trasera eclesial sería utilizada desde el medievo como cementerio parroquial y como fosa común en periodos de epidemia, estando documentada la extensión en Sevilla del Gran Catarro -pandemia de gripe- en 1580 y de la epidemia de peste negra de 1582, año en el que se levanta en dicha necrópolis un crucero marmóreo sobre columna y pedestal pétreo. El camposanto sería inhabilitado a mediados del siglo decimonónico, trasladándose el crucero al interior de la iglesia. La plazoleta resultante sería rotulada en 1919 como de Doña Teresa Enríquez, colocándose en su centro décadas después una réplica exacta en resina de la talla renacentista.

Doña Teresa Enríquez -hija del Almirante de Castilla y prima carnal de Fernando el Católico- nació en la bella localidad vallisoletana de Medina de Rioseco y se integraría joven en el entorno de Isabel la Católica. Dedicó buena parte de su longeva vida a sufragar obras pías para la fundación de hospitales, conventos o colegios de huérfanos; e importaría de Italia la idea de instaurar hermandades sacramentales o eucarísticas, por lo que el inefable papa Julio II le concedería el apelativo de La Loca del Sacramento. Llega a Sevilla en 1511 con el séquito real de Fernando y su segunda esposa, Germana de Foix, sembrando las semillas de las primeras cofradías sacramentales: San Lorenzo, El Sagrario, San Vicente, San Salvador, San Gil Abad, San Isidoro, La Magdalena, Santa Ana o Santiago el Mayor. Hoy florecen en la ciudad hispalense siete hermandades puras y cuarenta y cuatro fusionadas con otras de penitencia o de gloria.

Al acceder a la sublime y recóndita plazuela, envuelta en los silbidos primaverales de vencejos, aviones y golondrinas, y observar el arcaizante crucero rodeado de un insinuante seto de pitosporos y de la abigarrada formación de una veintena de arabizantes naranjos agrios, se roza el alma etérea de la inmortal Sevilla. Un suelo enladrillado al modo romano en espina de pez -opus spicatum- y encintado con mármol blanco encuadra tras los muros de la parroquia vicentina un paisaje plácido, absorbente, monacal...

"A la desierta plaza/ conduce un laberinto de callejas./ A un lado, el viejo paredón sombrío/ de una ruinosa iglesia;/ a otro lado, la tapia blanquecina/ de un huerto de cipreses y palmeras,/ y frente a mí, la casa,/ y en la casa la reja/ ante el cristal que levemente empaña/ su figurilla plácida y risueña" (Antonio Machado).

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