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La regresión

A Vox todavía le faltan cuatro décadas de gobierno y un discurso xenófobo para emular al PNV y a la extinta CiU

A Vox todavía le faltan cuatro décadas de gobierno, y un discurso xenófobo del que carece, para emular, siquiera vagamente, al PNV y a la extinta CiU. De momento, sólo el señor Puig y la señora Armengol parecen haberle cogido el gusto a segregar, idioma mediante, a sus paisanos más remisos. Lo cual no quita, claro, para que el señor Abascal acabe siendo un verdadero, un berroqueño e inequívoco nacionalista. El caso es que circula por ahí la entrevista donde Montserrat Caballé contaba que, en una cena, el conseller de Cultura la acusó de haberse casado con un extranjero…de Aragón. Asunto que recuerda mucho a la anécdota de don Josep Borrell, cuando relata cómo Pujol le dijo que él "era nacido en Cataluña, pero no catalán". Podríamos traer aquí otras frases espléndidas de don Xabier Arzalluz y del obispo Setién (que Dios tenga en su gloria); pero quizá nos baste con esta brevísima colectánea para señalar la naturaleza exquisita, y un tanto provinciana, de nuestros nacionalismos patrios.

Que estos nacionalismos se hayan degradado tanto que, entre sus cabezas más prominentes, se cuenten los señores Puigdemont, Junqueras y Torra, no es un señal de su fracaso, sino la huella indudable de su éxito. Que hombres como Farage y Salvini, que políticos como Orban y Bolsonaro hayan extendido un discurso gregario, localista, de un áspero tono admonitorio, no indican sino la urgencia y el tamaño de una necesidad: la necesidad de las masas por explicarse, de modo sencillo, la complejidad del mundo. Si un señor como Torra es presidente de una comunidad autónoma, si un individuo como Nigel Farage es capaz de precipitar a su país en la ruina, es que existe un clima propicio para ello. De otro modo, tales personas jamás habrían abandonado su condición de necios atorrantes. Lo cual implica que, para millones de personas, hace mucho que hemos dejado atrás el umbral de lo tolerable. Y que esa tolerancia (hacia el extranjero, hacia el diferente y, en definitiva, hacia el Otro) es el origen de nuestros males de hogaño.

Se suele explicar el nazismo como una suerte de locura colectiva, sin atender a los miedos, sin acudir a las incertidumbres, que lo hicieron posible. También se suele olvidar que el tránsito de la Ilustración al Romanticismo es el paso que va de lo universal a lo distintivo, de lo común a cuanto nos separa. Queda por averiguar, pues, qué nuevo Romanticismo, qué clase de necedad, qué pureza ilusoria nos ha traído el siglo.

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