El regreso de La Chata

El cuadro de La Chata.
El cuadro de La Chata. / 80

06 de febrero 2026 - 05:30

EN medio del diluvio andaluz, cuando nadie se lo esperaba, del oscuro vientre del Palacio de Liria emerge, como venus obesa y castiza, doña Isabel de Borbón y Borbón, alias La Chata, dos veces Princesa de Asturias e Infanta de España, pero sobre todo personaje ungido por el pueblo español (ese ente que ha sido sustituido por “la ciudadanía”) como favorita de sus sainetes y afectos. Reaparece La Chata como la retrató Sorolla, con seriedad de alabardero y maqueada como para ir a un baile de corte, aunque lo que de verdad le gustaba a esta señora, como es ley en los Borbones hispanos más genuinos, eran los toros, su gran pasión en aquel Madrid primero isabelino y romántico, después canovista, más tarde primorriverista y, finalmente, republicano.

Todavía no se sabe muy bien qué hacía en Liria este cuadro que pertenece a Patrimonio Nacional tras la extinción de la Sociedad Española de Amigos del Arte. Tampoco es lo que más nos interesa. La noticia de la aparición del lienzo nos da pie para huir de la miserable política y recordar a este personaje secundario y anecdótico de la historia de España, fruto de aquel extraño matrimonio que fue el de Isabel II con Francisco de Asís, del que las malas lenguas dicen que llevó en la noche de bodas más encajes que la novia (“¡Con Paquito no, con Paquito no!”, cuenta la leyenda que decía desconsolada la reina adolescente cuando se enteró de sus obligaciones). El de la misma Chata también fue un enlace amañado, desgraciado y entre primos, aunque finalizó el día que el infortunado y melancólico Cayetano de Borbón-Dos Sicilias se levantó la tapa de los sesos.

La Chata fue querida por el pueblo, decíamos, como siempre lo han sido los borbones castizos. Si España amó a don Juan Carlos se debió, además de por sus evidentes aciertos políticos, a que era monarca que sabía soltar un coño a tiempo o comerse unos picatostes con la plebe. Esa unión de lo majestuoso con lo popular-español era cocktail invencible antes de que se pusiesen de moda los reyes de estilo mesocrático. Ahora queremos a los coronados con deportivas y de la mano.

La de Sorolla no es la única efigie de La Chata que conservamos. Entre otras, Coullaut Valera, andaluz por marchenero, le esculpió una rotunda estatua que se exhibe en ese trozo de Francia en España que es La Granja, con rosas en la mano y un abrigo sobre los hombros que parece capote militar. Menuda tuvo que ser La Chata. Y cuánto se le quiso.

stats