La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Ciudadanos tomados por tontucios
Lo dijo Greil Marcus, uno de los grandes ensayistas pop de nuestro tiempo: “Un hombre que se ha hecho a sí mismo es algo bastante aburrido. Pero un rey que se ha hecho a sí mismo es otra cosa”. Se refería, claro, a Elvis Presley, sobre quien escribiría largo y tendido en su magna obra Mystery Train (1975), con el susodicho todavía dejándose la piel sobre los escenarios.
Sobre este delicado período, el del Elvis entertainer embutido en lentejuelas, puede verse EPiC, enérgico documental compuesto por el manierista Baz Luhrmann que, a modo de collage, ofrece la mejor versión posible de aquellos años de directo no siempre bien apreciados por los fans. Mientras que Gram Parsons dibujaba al rey en una de sus canciones con “una corona de anfetaminas sobre su cabeza”, Luhrmann, haciendo algo de trampa, las cosas como son, nos lo recupera lleno de vida, sabio y bienhumorado, disfrutando con sus músicos y con su música, arrastrándonos con él hacia una extraña forma de felicidad del alma, que Marcus, en su canónico texto, explicaba de esta forma: “Desde que sale de entre bastidores, toda la música pop aparecida después de él parece insignificante. La grandeza exagerada se convierte en auténtica. Elvis desencadena entonces una emoción superior a cualquier otra en nuestra cultura”, porque “Elvis no tiene que crear nada nuevo. Es una persona cuya tarea consiste en dramatizar el hecho mismo de su existencia”.
Son clarividentes estas ideas, pues resulta de lo más complejo comprender y transmitir la autenticidad que reside en alguien tan aparentemente plasticoso. Os lo dice alguien que viajó a Memphis y compró todo el tour mortuorio: visita a su casa natal, a los estudios de Sun Records, a su mansión en Graceland, e incluido en el pack, desayuno de sándwich de plátano y crema de cacahuete en The Arcade, su restaurante favorito en la infancia.
En Sevilla hubo alguien que entendió todas estas contradicciones a la perfección, don Silvio Fernández Melgarejo, cuando en aquel fatídico y caluroso 16 de agosto de 1977 recorrió con su chaqueta de cuero el barrio de Los Remedios para comunicarle a su amigo Curro que el rey había muerto. “Elvis kaput” fueron de hecho sus palabras. Con ellas cercioraba lo que no todo el mundo sabía: que hasta entonces el de Tupelo había estado vivito y coleando, dándolo todo ante su público, en una despedida tan decadente como honesta. También que a rey muerto, rey puesto. Pero esa sería otra clase de épica.
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